Del escritorio de Julio Ruíz

El poder del testimonio

El poder del testimonio

Hechos 1:8

El cuarto mensaje de la serie “Los Poderes de la Iglesia” tiene que ver con el poder del testimonio que es en sí el poder de la predicación. Hasta ahora hemos hablado del poder de la oración, la resurrección y el poder del Espíritu Santo. Estos poderes mantuvieron unida a la iglesia, porque todos ellos trabajaban simultáneamente. Hoy vamos a hablar acerca de El Poder del Testimonio dentro de la comisión de Hechos 1:8. En la Gran Comisión, el mandato es de ir a “todas las naciones”, mientras que en Hechos 1:8, el mandamiento tiene un mapa, una especificación.

Al creyente le sorprende la manera como Jesús dejó preparado todo antes de irse al cielo. Nos aseguró una patria celestial “para que donde yo esté vosotros también estéis”. Pero los responsables para que la gente llegue allá somos nosotros mismos. ¿Quiénes irán a esa patria? Los habitantes de Jerusalén, Judea, Samaria, y los habitantes de lo “ultimo de tierra”, de los cuales nosotros formamos parte. Sin duda que el trabajo más grande de la iglesia es la evangelización, pero el trabajo más descuidado de ella es la Gran Comisión.

Alguien dijo que la Gran Comisión ha llegado a ser la “gran omisión” de la iglesia. En la iglesia podemos hacer muchas cosas, incluyendo nuestra venida para ser parte del compañerismo, pero con frecuencia descuidamos nuestra mayor responsabilidad: predicarles a otros acerca de Jesucristo. Hermanos, todos nosotros esperamos ir al cielo ¿correcto? ¿Cómo llegaremos allá? ¿Le presentaré a Cristo mis discípulos, ganados en la tierra? 

Si bien Jesús nos dejó su visión universal en Mateo 28:18-20, en Hechos 1:8 nos encontramos con el poder de los testigos para cumplir esa misión. ¿Cómo es visto el poder del testimonio en este texto?

A través del mensaje entregado por los testigos

Me seréis testigos

Hechos 1:8a. Nadie ha tenido un privilegio más grande como los discípulos de Cristo. Ellos le vieron, ellos lo escucharon y ellos le tocaron. Ellos fueron testigos de sus enseñanzas, de sus milagros y de su poder. Sabían cómo Jesús había resucitado a un hombre muerto por cuatro días. Oyeron cuando Cristo llamó a Lázaro de la tumba, aun cuando ya hedía. Ellos fueron testigos de la noche cuando Jesús caminó sobre las aguas y como por su poder reprendió al viento y el mar embravecido. Fueron testigos de cómo Cristo alimentó a una multitud de más de cinco mil personas con tan solo dos pescados y cinco panes.

Pero, sobre todo, ellos fueron testigos de su resurrección, el milagro más grande del que se tenga conocimiento.  Y es frente a todo esto que Jesús ahora les dice “me seréis testigos”. Pero ¿de qué iban a ser testigos? ¿Ya no lo habían sido? Bueno, aquella era la hora decisiva de sus vidas. Aquel era el momento para el que habían sido llamados. Ellos tienen un mensaje para dar. La gente debería saber acerca de quién es Jesús. Y en ese sentido, Jesús no tenía a otros, sino a ellos para llevar el único mensaje que cambiaría al mundo. Pero ellos han pasado ese mensaje a los otros testigos. Ahora somos nosotros.

Los testigos posteriores

1 Corintios 15:1-4. Pablo no fue escogido entre los doce discípulos, pero lo fue después cuando Cristo había resucitado. Por lo tanto, él llegó a ser un testigo del Señor, porque había recibido también el mensaje. ¿Cuál fue el mensaje recibido por Pablo? Pablo dijo que este es el evangelio: que Jesús murió por nuestros pecados en la cruz, y resucitó para demostrar que realmente era el Hijo de Dios para salvarnos. Jesús es el mensaje que debemos compartir.  

Con esto Pablo se unió a la cadena de los testigos. No sabemos si Pablo vio a Jesús antes de la resurrección, pero si estamos seguros de su experiencia en el camino a Damasco. Allí Pablo vio a Cristo. Oyó su voz al decirle: “Saulo, Saulo, por qué me persigues”. Y desde el momento cuando recibió la vista “en seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que este era el Hijo de Dios” (Hechos 9:20).

Por demás está decir que Pablo fue uno de los más grandes instrumentos que Dios usó para la predicación del evangelio. Casi la mitad del Nuevo Testamento fue escrito por él, y, en cuanto a la predicación “desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo” (Romanos 15:19). ¿Cuál será nuestro mensaje?

Pasando la antorcha al testigo

Para los juegos olímpicos el encendido de la antorcha y el llevarlo de un país a otro, cruzando sus fronteras hasta el sitio mismo donde quedará encendida hasta que se terminen los juegos, es un simbolismo que habla de hermandad continental y acercamiento de los pueblos en una justa deportiva donde se entregan muchas medallas a los triunfadores.

Después que terminan los juegos se pasa la antorcha al nuevo país que celebrará el próximo evento; eso sería como pasar “la antorcha al testigo”. En el campo de la evangelización, los primeros testigos cumplieron con la comisión dada por Cristo, ahora le toca a la iglesia seguirla. ¿Cuál es el mensaje que la iglesia necesita entregar como nuevos testigos?  Es un mensaje nutrido totalmente de la gracia divina del cielo para pecadores que van directamente a una perdición eterna.

No es un mensaje para decirle a la gente qué buena es nuestra iglesia. No siempre somos tan buenos. El único bueno es Dios, eso lo dijo el mismo Cristo. Tampoco somos enviados para hablar a la gente de las bondades de este país. Somos enviados como testigos para conducir al pecador a través del proceso de arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo.

A traves del alcance del trabajo de los testigos

Debemos ser testigos en nuestra Jerusalén

Hechos 1:8b. El texto dice “en Jerusalén”. Jerusalén era la “base de operaciones” de los discípulos. La mayoría de ellos se mudaron allí, porque casi todos vivían fuera. En Jerusalén estaba el templo y era allí donde se reunían, y adoraban, y fue en el templo donde se dio el primer milagro de la curación del cojo, para ratificar la importancia de ese comienzo milagroso.  

Fue allí donde Jesucristo frecuentó el templo y en no pocas ocasiones enseñó desde ese lugar. No tenemos los reportes completos de las estadísticas de las conversiones hechas en Jerusalén por el trabajo de aquellos testigos.

Solo se nos da el número de tres mil y después de cinco mil. Sin embargo, la consigna vista en todo el libro de los Hechos era algo como esto “y muchos creían en la palabra” o “y eran añadidos a la iglesia los que iban a ser salvos”. ¿Cuál es nuestra Jerusalén? Pues primero debería ser nuestra casa, luego las casas inmediatas a la mía, y también mis continuos compañeros, aquellos con quienes me relaciono constantemente.

Debemos ser testigos en nuestra propia Jerusalén, porque a veces preferimos evangelizar en otros lugares antes de hacerlo en nuestra propia casa. No siempre nos creerán, pero debemos hacerlo.

Debemos ser testigos en nuestra Judea y Samaria

Hechos 1:8c. Judea llegaría a ser el estado completo, el área alrededor de su ciudad de Jerusalén, mientras que Samaria sería el siguiente “estado”, pero como vemos en los Evangelios, los residentes de Samaria eran “diferentes” a los judíos a quienes los judíos consideraban “marginados” o “mestizos”. La evangelización en “Judea” seguiría siendo con nuestra propia gente. Gente que habla nuestra propia lengua y tiene nuestras mismas costumbres. El trabajo en medio de nuestra propia gente sigue siendo una deuda pendiente.

Por otro lado, está “Samaria”. Ese no será un lugar fácil para la evangelización. Los samaritanos no estaban calificados para ser salvos, de acuerdo con la creencia de los judíos. De esta manera, la evangelización tiene el desafío de sacarnos de nuestro confort para que le hablemos a los menospreciados y a aquellos con quienes pueda tener prejuicios. No era fácil para un judío evangelizar a un pagano, y más si era un samaritano.  Entonces no solo eran una región diferente, sino también una etnia diferente. En el trabajo evangelístico están los más difíciles, y muchos de ellos son objeto de nuestros prejuicios, pero la orden del Señor es ser testigos también a ellos.

Debemos ser testigos hasta lo último de la tierra

Hechos 1:8d. La visión de Cristo para su iglesia ha contado con sus testigos desde el mismo momento cuando fue presentada. Los discípulos llenaron a Jerusalén con el mensaje de aquel a quien llamaron “un tal Jesús”. Pero fue necesaria la persecución para que el evangelio llegara hasta lo último de la tierra. Es interesante ver que el “cuartel general” para la evangelización mundial no fue Jerusalén, sino Antioquia.

Fue de allí de donde salió el evangelio para todo el mundo. Pablo y Bernabé encarnaron el alcance de la Gran Comisión, y en el caso de Pablo llegaron hasta el corazón mismo del imperio romano de donde saldría la evangelización mundial. Como testigos del evangelio somos llamados para involucrarnos en una evangelización mundial. Una iglesia no estará completa hasta tanto no se envuelva en una evangelización local, nacional e internacional.

La pasión por esto debe ser el amor más grande de un testigo del Señor. Hay por lo menos tres maneras acerca de cómo podemos hacer realidad el alcance de comisión dada por Jesús “hasta lo último de la tierra”. Lo primero es orar por las misiones, luego dar y lo tercero ir. Solo de esta manera avanzamos en la visión de Jesús.

A traves del Espíritu Santo en la vida de los testigos

Pero recibiréis poder…

Hechos 1:8a. Nos gusta mucho hablar de Hechos 1:8 porque es el corazón de la Biblia para la evangelización del mundo, pero “saltamos” la primera parte del texto. No hay evangelización sin ese poder. La única manera para ser testigos en todos los lugares mencionados por el Señor es por medio del poder del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo descendió por primera vez sobre la iglesia primitiva según Hechos 2. Pedro y los otros discípulos fueron llenos del Espíritu Santo y se convirtieron en testigos audaces. ¿Y qué de nosotros? Pues nosotros también tenemos el Espíritu Santo, porque «por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo cuerpo” (1 Corintios 12:13).

Además de eso, fuimos “sellados en él con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13), y Romanos 8:9 dice “si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece”. Por lo tanto, nosotros también tenemos al Espíritu Santo, pero ¿tenemos su poder? Vivimos en constante búsqueda de mejores métodos para evangelizar al perdido, pero ¿estamos buscando el poder del Espíritu? Mis amados, el poder del Espíritu va a ser siempre lo mejor que hacer las cosas en nuestras fuerzas. La vida cristiana victoriosa tiene que ver con el poder del Espíritu Santo.

Avivando el poder del Espíritu Santo

1 Tesalonicenses 5:19. Uno de los pecados cometidos contra el Espíritu Santo es el de apagarlo. Los testigos del primer siglo no apagaron el poder del Espíritu y por eso fueron audaces y valientes al comunicar el mensaje. La expansión gloriosa del evangelio se debió a ese poder. Qué bendición es saber que ese poder está en mí y en consecuencia debo avivarlo.

Para ilustrar esto, alguien contó de una persona que no quería que su jardín se quemara por el fuerte verano, así que colocó un rociador en la manguera de su jardín y pasó todo el día arrastrándolo por todas partes, de un lugar a otro, para tratar de regarlo. Sin embargo, el suelo solo absorbió el agua como si nada; podía decir que no estaba haciendo mucho bien. Pero, de repente aparecieron algunas nubes oscuras, se desató una tormenta eléctrica, llovió a cántaros y su jardín estaba empapado. 

Al final el hombre dijo: “Dios hizo más en 5 minutos, de lo que yo había hecho en todo el día” arrastrando esa manguera. Y esta es la verdad acerca del poder del Espíritu Santo. En nuestras propias fuerzas no haremos mucho, pero cinco minutos del poder de Dios serán suficientes para hacer y ver milagros extraordinarios en nuestras vidas.

Ese poder sale de la unidad

Hechos 2:1-4. En la historia de la iglesia del primer siglo, el poder del Espíritu Santo vino mientras ellos estaban unidos, juntos. La iglesia compuesta de unos 120 miembros se había propuesto permanecer unida en oración hasta recibir la promesa del Padre y la participación del Hijo. Los resultados de predicar el evangelio nunca son más evidentes que cuando estamos juntos y en armonía, por cuando el Espíritu Santo está obrando más. 

Necesitamos la llenura del Espíritu Santo para ser efectivos en llevar el evangelio a los perdidos. Y la llenura del Espíritu Santo siempre será visible en medio de una iglesia que permanece unida, porque como dice el salmo “allí envía Jehová bendición y vida eterna”. La verdad de ayer sigue siendo la de hoy.  La obra misionera y evangelística de nuestra iglesia solo será efectiva, y alcanzará su potencial en la medida que todos permanezcamos unánimes juntos.

No será extraño ver el poder del Espíritu Santo obrando en una iglesia unida. Nuestra meta personal debe ser involucrarnos de tal manera en cumplir con Hechos 1:8, para que al final de nuestros días podamos decir: He cumplido personalmente con el mandato de Cristo; he sido un testigo fiel y eficaz de Cristo.

El poder del testimonio

Cuando en la sala de un tribunal se encuentra un testigo, nadie espera una discusión de su parte acerca del caso o que pueda presionar respecto al veredicto; ese trabajo le compete al abogado de la causa. ¿Qué debería hacer el testigo en un tribunal?

Pues simplemente contar como fueron los hechos. El testigo no tiene otro testimonio sino el suyo, nadie podrá decir lo que él solo vio, oyó o tocó. Si es un testigo verdadero dirá solo la verdad y sobre ese testimonio se construirá la sentencia final. Hechos 1:8 es como la sala de un tribunal donde el Señor juzgará a los hombres por la respuesta dada a su evangelio, y será por el testimonio de los testigos, en virtud de la aceptación de su mensaje que ellos serán salvos, si lo aceptan, pero también si el testimonio del testigo es rechazado, los hombres se perderán. Testifiquemos, pues, con poder.

Estudios de la serie: El Poder de la Iglesia

1: ¿Qué hace la oración unida?
2: Las pruebas indubitables
3: El otro Consolador
4: El poder del testimonio

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