La oración victoriosa

(Mateo 7:7-11) 

INTRODUCCIÓN: ¿Cuántos de nosotros quisiéramos que nuestras oraciones fueran exitosas? ¿A cuántos nos gustaría conocer el secreto de la oración victoriosa? Doy por un hecho que todos los que estamos aquí nos gustaría saberlo. Jesús ya había hablado en su mismo Sermón del Monte acerca de la oración. Cuando se refirió al  Padre Nuestro, nos mostró el modelo y los elementos que debiera tener toda legítima oración. Pero ahora desafía a sus oyentes a que sean  “Pedigüeños” de sus recursos. La palabra que más  resalta  el texto de hoy es “pedir”. Aparece por lo menos cinco veces, indicándonos  que aquí radica el mayor énfasis de lo que Jesús desea enseñarnos. Fue tan grande el interés de Jesús en este asunto, que más adelante siguió diciendo: “Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis para que vuestro gozo sea cumplido”  (Jn. 16:24). Pero el logro de estas peticiones está rubricado por la palabra “perseverancia”. Este llamado pareciera fluir en todo el pasaje. Fue William Shakespeare, considerado uno de los más grandes poetas del mundo, que al hablar de este tema, dijo: “¡Oh, cielo! Si el hombre fuera constante sería perfecto”. También Calvin Coolidge, quien al referirse a la perseverancia, dijo: “Sigue adelante. Nada en el mundo puede tomar el lugar de la persistencia. El talento no basta; nada es más común que personas con  talento pero sin éxito. El genio no basta. El genio casi conocido es casi proverbial. La educación no basta; el mundo está lleno de vagabundos educados. Sólo la persistencia y la determinación son omnipotentes”. Amados hermanos, la oración perseverante sigue siendo la llave que abre la puerta a todas las bendiciones del cielo. Pero también es la llave que cierra la puerta cuando llega el desaliento y cuando los  planes del adversario parecieran prosperar contra nosotros. Nada enriquecerá más nuestras vidas que la oración victoriosa.  Veamos cuáles son los elementos que componen ese tipo de oración.  Cuál les su naturaleza.   

1. ESTÁ RESPALDA POR UNA PROMESA IMPERECEDERA 

1. Esta promesa está respalda por tres imperativos. Ningún otro pasaje de la Biblia nos muestra una promesa tan contundente sobre el valor que tiene la oración perseverante, como este. Esto es dicho porque la oración no tiene sustitutos. Usted puede encontrar hoy sustituto para todo, pero no encontrará para la oración. Al mencionar esto ponderamos el poder que tiene la oración, y aun cuando es el recurso más grande, sigue siendo el  menos explotado.  Jesús, conocido como el Maestro de maestros, utiliza el elemento repetitivo ascendente para mostrarnos la seguridad que encontramos cuando desafiamos el llamado del Señor, visto en cada uno de estos imperativos. Si en la oración modelo del “Padre nuestro”, Jesús respondió la petición de los discípulos para que les enseñara a orar, aquí el da los pasos que debiera seguir toda oración una vez que se comience. “Pedid, buscad y llamad”, no solo es un orden lógico, sino el que el Señor espera que hagamos para dar respuesta a nuestras oraciones. ¿Siguen nuestras oraciones este curso de acción? ¿Al orar pedimos, buscamos y llamamos? Déjeme decirle que si usted se queda solo en el pedir, su oración no ha entrado en el verdadero campo de batalla. Necesitamos completar el ciclo: “Pedir, buscad y llamad”. Al hacerlo descubrirás la riqueza del orar. 

2. La oración que prevalece al final será oída. Hay muchas cosas que no se nos olvidan al comenzar nuestros días. Por ejemplo, usted no saldría de su casa sin lavarse la cara y la boca. Muchos de nosotros no saldríamos sin habernos tomado una tasa de café. Casi nunca saldríamos sin llevar consigo nuestra cartera. Pero tenemos que confesar que muchas veces salimos sin haber tenido un tiempo de oración con Dios. Esto nos lleva a la conclusión que la falta de poder en tantos creyentes se debe a la falta de oración. ¿Quiere Dios que oremos? ¡Claro que sí! Pero, ¿por qué pedirle algo que el ya conoce? Porque al orar le presentamos al Señor un “informe” sobre lo que nos aqueja, lo que nos  entristece, lo que nos da dolor y pesar… Lo que hacemos al orar es que le decimos al Señor que nos acompañe a ese momento; eso es, le invitamos a orar. Y la verdad es que ninguna otra compañía será más poderosa y placentera que la presencia de Dios al orar. ¿Cuáles son las cosas que suceden cuando oramos? Por un lado disfrutamos del mejor del compañerismo.  Fue el mismo Jesús que dijo que si permanecemos en él, y su palabra permanece en vosotros podemos pedir todo lo que queramos y será hecho (Juan 15:7). Por otro lado, en la oración tenemos la promesa de su presencia, pero también la promesa de su respuesta. Se ha dicho que Dios podrá hacer las cosas sin  nosotros, pero nosotros no podremos hacer las cosas sin Dios. Sin embargo,  Dios quiere hacerlo con nosotros porque él disfruta de nuestro compañerismo. Cuando oramos crecemos. Sin embargo son muchos los que no crecen. Hay creyentes que tienen años en el evangelio y siguen siendo los mimos. Hay otros de poco tiempo y son gigantes en su fe y en la palabra. También, al orar dependemos más de Dios. Esa oración es oída. 

II. SE DESARROLLA BAJO UN PROCESO ASCENDENTE 

1. Primero debemos pedir. En este pasaje vemos una notable  intensificación en cada uno de los imperativos. Son tres específicas acciones con resultados muy concretos.  Note que lo primero que Jesús dice es que tenemos que pedir. Esto, además de ser un precepto, expresa un  deseo. La verdad aquí es que la oración que no recibe respuesta es porque no se ha pedido. Santiago 4:2 sigue estando muy vigente: “No tenéis lo que deseáis porque no pedís…”. La oración no ofrecida no es una tragedia, es un pecado. El pueblo de Israel sabía quién era Samuel, y la autoridad que tenía como un hombre de oración. Cuando  le pidieron que no cesara de clamar a Dios por ellos, él les  dijo: “Así que, lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto” (1 Sa. 12:23)  La Biblia no deja el asunto de la oración como una opción sino que lo presenta como una orden. ¿Sabía usted que las veces que pecamos contra el Señor se debe a la falta de la oración? ¿Se puede imaginar algo demasiado grande o pequeño que Dios no este interesado? Y, ¿qué pasa si hay algo malo y yo quiero pedirle a Dios eso? ¿Debo orar por eso? Sí. Órele al Señor pidiéndole que el quite eso malo que le afecta grandemente. Recuerde que usted no tiene porque no pide. Hay oraciones que necesitan ser presentadas, pidiendo al Señor. 

2. En segundo lugar debemos buscar. Aquí Jesús nos introduce en la dimensión de descubrir. ¡Cuánta alegría nos produce encontrar algo después de una intensa búsqueda!  Hay una diferencia entre el pedir y el buscar. Las cosas que pedimos necesitamos buscarlas. Esto no funciona cuando hacemos una compra. La oración no es un producto que compro por Internet o por teléfono. La idea es que las cosas que pedimos necesitamos buscarlas para saber si es correcto y si es la  voluntad de Dios lo que estamos buscando. Aquí Santiago nos sigue mostrando por qué tantas veces la oración no es contestada: “Pedid y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Stg. 4:3) Al pedirle algo a Dios tenemos que asegurarnos que no es para gastar en nuestros deleites, de allí la importancia que tiene buscar la voluntad de Dios. ¿Cuál es la intensión de esto? Que Dios quiere hacer algo primero en nosotros antes de hacer algo a través de nosotros. Otra vez  Santiago nos dice: “Acercaos a Dios y el se acercará a vosotros” (Stg. 4:8). La oración victoriosa se afianza en este imperativo. La búsqueda nos lleva al descubrimiento. Y no hay nada más placentero que poder descubrir al Señor cuando oramos, así lo dijo: “Me buscaréis y me hallaréis porque me buscarás de todo corazón”. 

 

3. En tercer lugar debemos llamar. El imperativo nos dice: “Llamad, y se os abrirá”. La idea de esta acción es que no paremos de llamar hasta obtener lo que le hayamos pedido o que  Dios nos haya respondido que no. Lucas, hablando en el mismo contexto donde Jesús habla de tocar la puerta, hace referencia al hombre que viene a la  media noche a la casa de su amigo con hambre y este va a su vecino para pedirle pan porque no tiene nada. Dice la parábola que el amigo de éste se levanta, no porque sea su amigo, sino porque le importunó su sueño y para que no despierte a los demás le dio lo que le pedía (Lc. 11:5-13). La oración victoriosa toma en cuenta la  persistencia. Otra ilustración que que encontramos en Lucas es la de la viuda y el juez injusto (Lc. 18:1-8). Esta  pobre mujer insistía en que el juez le hiciera justicia de su  adversario, pero este no le oía; así que ella no dejó de “fastidiarlo” hasta que el juez, por no verse colmado su paciencia, decidió darle  respuesta al clamor de la pobre viuda. La oración debe ser perseverante. Jesús prevaleció en oración y aunque no tuvo respuesta, él supo la respuesta del Padre. Pablo oro tres veces y su oración fue contestada con un no. Elías oro por lluvia de una forma perseverante y Dios respondió. Dios responde cuando se le llame, aunque no sea lo que queremos. Pero esta súplica debe ser hecha con intensidad. 

III. ALCANZA LA PROVISION MÁS EXCELENTE 

La gran pregunta que surge de todo esto es ¿cómo es que Dios responde a todas las oraciones? En esta parte Jesús toma el razonamiento humano. Imagínese  que el hombre al que se hace referencia no es una persona   salvada. Sin embargo, eso hombre malo no le dará a su hijo una piedra si el le pide pan. ¿Sabía usted que en Palestina existen unas piedras color marrón que se parecen a un pan? Y aun cuando esto pudiera ser una broma pesada, nadie en su justo juicio haría esto. ¿Por qué nuestras oraciones serán contestadas? Porque Dios es bueno. A Dios le encanta contestar sus oraciones porque es bueno. Dios es bueno y por lo tanto no nos dará cosas malas.  Pues bien, si usted le pide pan, él no le dará una piedra. Los padres terrenales estamos limitados, pero nuestro Padre celestial no lo está. Aquí tenemos la simpatía de un Padre y la soberanía de un Rey. Qué bueno es saber que cuento con  un Padre que puede oírme y un Rey que puede suplirme mi necesidad. ¿Por qué oirá Dios mis oraciones? Porque él es un Dios bueno, sabio y todopoderoso. De manera, hermanos, que somos unos tontos si no oramos a ese Dios tan bueno. Note que todos estos imperativos están puestos en presente. En esta parte, Jesús está hablando a una multitud que es creyente. ¿Es Jesucristo su Padre celestial? Si no lo es, él mismo Cristo te invita ahora mismo para que conozcas al Padre a través de él. 

CONCLUSIÓN: Una de las historias más conmovedoras de la Biblia tuvo que ver con la  mujer sirofenicia  y su hija poseída por demonios (Mr.  7: 24 – 30). Jesús estuvo en la región de Tiro y de Sidón, pero no quería que nadie lo supiera. Al parecer esta sería la  última oportunidad de pasar por allí. Esta humilde mujer había oído del amor de Jesús por todos los necesitados y sus sorprendes milagros. Así que se dirigió hasta donde él estaba y como era des esperarse, se postró a sus pies, rogándole que sanara a su hija. Pero  lo último que esta mujer quería oír era una negativa de parte de quien era su única esperanza. Jesús le dijo que no estaba bien tomar el pan de la mesa y echarlo a los “perrillos”.  Pero si Jesús pensaba que con esto alejaría a esta persistente mujer, no fue así. Su sorpresa fue mayúscula  cuando oyó de ella decir: “Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos” v. 28. La palabra que Jesús usó para “perrillos”, no era despectiva; era para hablar de los cachorros, de los “puppies”. Y la palabra que usa la mujer fue para referirse para el perro callejero, el ordinario. Al ver Jesús tan grande fe, hizo dos cosas: Reconoció que no había hallado una fe tan grande como aquella, y por esa palabra, su hija quedó libre del demonio. La petición perseverante se convierte en victoria. Dios oye esta oración. Cuando oramos, ¿pedimos, buscamos y tocamos? ¿Ha hecho a Dios su Padre a quien se acerca a pedirle por medio del Señor Jesucristo? Conviértase en su hijo hoy y disfrute de sus recursos.

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