La unidad que produce el Espíritu

 

(Hechos 4:32-35)

INTRODUCCION: ¿Qué le pasaría a su cuerpo si le quitaran su espíritu? Simplemente se moriría.  Así es la iglesia, ella necesita del Espíritu para su vida y su unidad.  Un día, un hombre fue a visitar a un manicomio. Había más de cien reclusos peligrosos en esa institución, pero – para sorpresa de la visita – sólo tres guardias cuidaban a estos lunáticos. Le preguntó a su guía: ¿No teme Ud. que estas personas puedan tramar algún complot para dominar a los guardias y escaparse? No, fue la respuesta; los locos nunca se unen. Pero los creyentes si nos unimos y el encargado de producir la unidad en el cuerpo de la iglesia es el Espíritu Santo. Esta unidad la profetizó Cristo. Se sabe por las Escrituras -y por la historia-  que las más grandes oraciones  que se conozcan, las hizo el Señor Jesucristo. ¿Quién ha podido  superar la oración del  Padre Nuestro? Pero la oración que él hizo  a favor de sus discípulos,  y con ello a la futura iglesia, debe considerarse como su obra maestra, llena de la más profunda teología y del más puro amor a favor de los discípulos que pronto dejaría. Juan, el fiel “discípulo amado”, quien por estar tan cerca de él, oyó aquella oración que sigue, siendo el más grande anhelo para la iglesia de hoy. Dentro de sus más sublimes deseos, Jesús dijo: “Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Jn. 1:23). “Perfectos en unidad”. ¿No es acaso esto un imposible considerando que poseemos una naturaleza tan egoísta? Sin embargo esta profecía se cumplió en el pasaje de Hechos 4:32-37, por lo tanto si es posible la unidad en Cristo. Lo que nació en Jerusalén, como resultado de la intervención del Espíritu Santo, fue una unidad espontanea cuyo impacto se vio en todo el crecimiento del libro de los Hechos. La unidad en la iglesia es el gran secreto de su crecimiento. ¿Pero quién produce la unidad real en la iglesia? Por supuesto que el Espíritu Santo.  Él le da al cuerpo vida y lo mantiene unido. Ese es nuestro tema para hoy.

  1. EL ESPÍRITU SANTO PRODUCE  UNIDAD ESPIRITUAL PARA QUE TODOS PARTICIPEN DEL AMOR FRATERNAL

 

1. “Los que habían creído era de un corazón y un alma…” v. 32 a. Lucas nos habla de una multitud de los que “habían creído”. Este detalle es muy interesante pues  si la unidad en una iglesia pequeña es difícil sostener, cómo sería la de Jerusalén que ya andaba sobre miles de personas, y con  una  comunidad compuesta por judíos y griegos. Pero el texto nos dice de una manera simple y directa que ellos eran de “un corazón y un alma”. La obra del Espíritu Santo quebrantó todo tipo de orgullo y toda clase de egoísmo. Aquella era una  unidad mística, muy espiritual por cuanto el trabajo era hecho en el centro de las emociones: el corazón y el alma. La unidad para que sea real tiene que comenzar en este lugar. Ser de un “corazón y un alma” es poseer el sello distintivo de una obra nueva y esto sólo ocurre en la vida de la iglesia. Por lo tanto este tipo de  unidad no es intelectual u organizacional. La unidad que prevalece es la que produce el Espíritu en el corazón. Las tres palabras que distinguen este texto son: “creyentes”, “corazón” y “alma”. Esto nos dice que ellos estaban unidos por su fe, pero también por su corazón. Esta es la unidad que perdura. No importa  quiénes seamos y de dónde vengamos, el Espíritu Santo quebranta las barreras y nos pone juntos para que experimentemos el amor fraternal.

 

2. “Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía…” v. 32b. He aquí actitud correcta sobre la unidad que produce el Espíritu Santo. ¡Qué tipo de vida experimentó  aquella primera iglesia, capaz de cambiar la ambición personal y el apego que se tenían por las cosas materiales! ¡Qué extraordinaria era la obra del Espíritu Santo! ¿Y acaso no debiera ser esta la actitud que caracteriza a un hijo de Dios? Por lo general hablamos de nuestras pertenencias. Con un gran orgullo hablamos de “mi familia”, “mis hijos”, “mi casa”, “mi carro”, “mi dinero”, “mis bienes”…,  pero la verdad es que nada es nuestro. Los hijos que tengo pronto se nos van. La casa que compramos, cualquier situación económica difícil es razón para perderla. El carro del cual me ufano se arruina y ya hay que pensar en otro. El dinero que es una de las cosas que más amo tiene que ser usado para pagar cuantas deudas tengamos  y así descubrimos que al final de la jornada, nada tenemos. La iglesia de Jerusalén nació desprendida. Una sola cosa les importaba: mantener el amor que les había dado el Espíritu. La experiencia de aquella iglesia debe recordarnos  que nosotros somos mayordomos de nuestros bienes y no dueños. Que todo lo que poseemos es de Dios y que sólo a él le debo mi fidelidad en administrar lo entregado.

 

3. “Sino que tenían todas las cosas en común” v. 32c. Esta es  una de las cosas que nos impacta al leer la historia de aquella primera iglesia. La unidad que trajo el Espíritu Santo produjo un sentido de desprendimiento, de pertenencia y de cooperación. Tener las cosas en común es simplemente traer lo que más valoramos y ponerlo al servicio del Señor  y de los santos. Aquello se constituyó en una experiencia que revolucionó todo el sistema de vida, sobre toda en la orgullosa, egoísta y opulenta sociedad judeo-romana. Es bueno aclarar que esta frase no sustenta al llamado “comunismo”, porque lo que allí sucedió  no fue el resultado de teorías socialistas, ni de reglas impuestas que hubieran de regir a todos los que buscaban admisión en aquella nueva sociedad; más bien fue la expresión espontánea del amor a Dios y al hombre que se había enseñoreado de cada corazón. Aquel  “comunismo” bíblico no fue provocado por una lucha de clases, sino  por la obra del Espíritu Santo y  manifestado en el más puro amor los unos por los otros. De manera, pues, que el llamado de este texto es para que sea común nuestra misión,  nuestro propósito, nuestra visión, y sobre todo, que sea común nuestro amor (Ro. 13:8).

  1. EL ESPÍRITU SANTO PRODUCE  UNIDAD EN EL TESTIMONIO PARA QUE CUMPLAMOS LA GRAN COMISIÓN

 

1. Un gran poder manifiesto v. 32ª. Una cosa que distingue el libro de los Hechos es el gran poder con que se hacían todas las cosas. La profecía acerca de la llegada del Espíritu Santo dice que “recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo”. No fue, pues,  extraño que el día de Pentecostés el Espíritu Santo se hiciera presente bajo un poderoso “viento recio”. No fue extraño que después Pedro predicara un poderoso sermón que trajo como resultado la conversión de miles, quienes venían compungidos y arrepentidos de corazón. Tampoco fue extraño que bajo ese  poder  ejercido por los apóstoles, un hombre que tenía más de cuarenta años y sin poder caminar, entrara en el templo saltando y alabando al Señor. Fue ese poder que permitió el nacimiento de la iglesia de Jerusalén como una comunidad modelo, unida por el vinculo del amor. Qué más decir, pues es ese poder que traerá la conversión de los samaritanos, de un etíope, de Saulo de Tarso, y con ello la gran obra misionera que llegara a todas partes según el  cumplimiento de Hechos 1:8. Amados hermanos, cuando prevalece la unidad y la liberalidad de una congregación, la predicación tiene mayor poder por razón de su mayor favor con el pueblo. La vida que produce el Espíritu, creando un ambiente de amor y de comunión, necesariamente tiene que llevarnos a dar testimonio con poder a los que no le conocen.  Pero,  ¿encontrará el Espíritu Santo los mismos medios para manifestar su poder hoy?

 

2. Un gran testimonio de la resurrección v. 32b. Todas las religiones en el mundo tienen algo en común: sus líderes fundadores murieron y hasta se enorgullecen de saber donde están sus tumbas y  sus restos. El cristianismo predica que su fundador  resucitó dentro de los muertos, con lo que se pone de  manifiesto que Dios no es Dios de muertos sino de vivos.  La iglesia del Señor le debe su origen a dos hechos extraordinarios: la resurrección de Cristo y la llegada del Espíritu Santo. Con la venida del otro Consolador se estaría cumpliendo las palabras de Jesús a sus discípulos cuando les dijo que no les dejaría huérfanos. Como un hecho notorio debe decirse que la resurrección de Cristo transformó a unos acobardados y acorralados discípulos, en osados y valientes exponentes de la palabra. Nadie les detuvo a partir de ese momento. Las autoridades religiosas no pudieron. Las cárceles no pudieron. Los lugares tan distantes e  inhóspitos de gran peligro, tampoco  lo impidieron. Por lo tanto, el acontecimiento que une a la iglesia es la resurrección del Señor, y este es el mensaje que ella debe seguir anunciando. Este es el testimonio que también debemos dar nosotros. Este es el mensaje que cambia la vida.

 

3. Una abundancia  de gracia sobre todos v. 32c. Esta es una de las señales que identifica a una iglesia viva. Esta característica se ve en todo el libro de los Hechos, tal fue el cado de  la iglesia en Antioquia (Hch. 11: 23). Lucas se asegura en destacar que si algo no tenían las iglesias de ese tiempo era una falta de gracia. Al contrario, el poder de la unidad, tan visible en todo lo que hacían, había generado una “abundante gracia sobre todos ellos”. Cada hermano era un recipiente de la gracia que trajo también el Espíritu Santo. Cuando una iglesia posee este toque especial de la gracia hay un contagio de amor y unidad. ¿Cómo es el rostro de un creyente que tiene abundante gracia? Evidentemente hay gozo, sencillez, amor por los demás, seguridad de su fe,  amor profundo por su Señor y su iglesia, pero sobre todo, un deseo continuo de compartir a Cristo con los demás. Una iglesia donde abunda esta gracia es como la flor para  las abejas o como el imán para el hierro: hay una  atracción irresistible. De cuánta bendición es un creyente lleno de gracia. Que se diga de nuestra iglesia lo mismo que dijo de aquella de Jerusalén.

  1. EL ESPÍRITU SANTO PRODUCE  UNIDAD EN LO MATERIAL PARA QUE NO HAYA NINGUN NECESITADO

 

1. ¿Qué debe hacer la iglesia para esto? v. 35. Nos anticipamos en decir que  este pasaje no debe ser tomado en forma literal donde  Dios mandó a vender nuestras  posesiones y vivir en una sociedad comunal. Lo que hay que ver acá es la enseñanza que representa el desprendimiento y la bendición de dar para bendecir a la obra del Señor. La experiencia de la iglesia de Jerusalén, que dio origen a aquella espontaneidad de vender sus propiedades y traer el dinero y ponerlo a los pies de los apósteles, es una clara demostración de lo que significa el valor de una persona por encima de las  cosas materiales. Cuando el Espíritu Santo toca realmente una vida lo hace sensible y lo prepara para toda liberalidad.  Así que nuestras posesiones  son sólo un medio por el que podemos ayudar a otros. Es reconocer que no son nuestras, pues son de Dios y que debemos estar preparados para cuando él las quiera usar, seamos capaces de dárselas con mucho placer. La  manera cómo distingue a un cristiano es su deseo de dar. Solemos identificarnos con las bienaventuranzas del “sermón del monte”, pero no siempre no acordamos de aquella que dice: “Mas bienaventurado es dar que recibir”.  Cuando alguien está rendido al Señor de corazón, también rendirá sus bienes para que él los use. Como alguien lo ha expresado: “Si Jesucristo tiene su corazón, tendrá también  su talonario de cheques. Si él no tiene su billetera, él no tiene realmente su corazón”. La iglesia de Jerusalén vendió todo para ayudar a otros, comencemos nosotros con el mínimo. Sintamos en el gozo de bendecir a otros dando lo que le pertenece a él.

2. ¿Cuáles son los resultados de dar? v. 34. El texto simple y llanamente nos dice  “que no había entre ellos ningún necesitado” ¡Qué declaración más extraordinaria! Pero, ¿no es acaso este el propósito de cada iglesia?  La unidad era tan fuerte que dio lugar a un estilo de vida que impactó a todo mundo. Los hogares se convirtieron en los centros donde se ministraban todas las necesidades. Como era de esperarse, el recinto de una casa se prestaba más para atender cada necesidad de manera que este era el resultado. El que no haya un necesitado en la iglesia pareciera ser una utopía, pues cada creyente enfrenta situaciones muy particulares. Sin embargo, cuando  una iglesia entiende que cada miembro es alguien  especial para Dios, su interés será cuidarlo, amarlo e integrarlo; porque nada es más triste que ver a un  creyente solo en medio de una multitud. Así que, para que esto no suceda, debemos desprendernos como lo hizo aquella iglesia y ser parte de ofrendas que inspiran. Nuestra generosidad puede  producir un impacto de tal manera que no haya un necesitado. El que una iglesia no tenga ningún necesitado es su más grande reto. Jesucristo le dijo a sus discípulos: “Dadle vosotros de comer”. Cuando somos generosos, Dios multiplica lo que damos y bendecimos a los que menos tienen.

 

CONCLUSIÓN: Alguien ha comparado a la Iglesia con el arca de Noé. Adentro de ella pudiera haber mucho alboroto, malos olores, y nuestros vecinos nos parecen muy extraños; pero es mucho mejor estar adentro que afuera. Pero creo que lo más parecido a la iglesia es el cuerpo humano, siendo esta la figura con la que más se conoce en el Nuevo Testamento. En el cuerpo todo está unido y su propia  vida proviene del espíritu. De allí que cuando exhala el espíritu el cuerpo queda muerto. La iglesia de Jerusalén nació unida y la fuente de su vida era el Espíritu Santo. Como todos eran de un “corazón y un alma”, no había entre ellos ningún necesitado. El poder de la predicación y la generosidad espontanea hizo posible que la iglesia creciera y se convirtiera en el centro de la vida de todos sus creyentes. Esta es la iglesia que impacta al mundo. Permitamos al Espíritu Santo producir esta unidad para que nos parezcamos a ella. Hagamos de la oración de Cristo nuestro tema: “Perfectos en unidad para que el mundo crea”.

 

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