Las Siete Virtudes Capitales, Parte 4

El Rostro de la Caridad

 La caridad, que es la antítesis de la envidia, nos presenta el rostro alegre y bondadoso de la misericordia, de la clemencia, la compasión, la piedad, y la condescendencia que son aguas de la misma fuente. La caridad como virtud teologal tiene su punto de referencia en el más grande mandamiento que nos invita a amar a Dios sobre todas la cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. De esto se desprende que el cuidado y atención por el prójimo que aparece en la lista de estos “tres amores”, debería ocupar un sensible y apasionado lugar en nuestro corazón. Porque no puede decir que amo a Dios sin tomar en cuenta el amor que le debo a mi prójimo. Esto es necesario afirmarlo porque la caridad que se ejerce sin tomar en cuenta a Dios en cada acto compasivo, llega a ser un fin en sí mismo. La filantropía que no se practica en el contexto del mandamiento donde nace la caridad, puede llegar a ser soberbia y presuntuosa, y hasta justificar al que la hace como si fuera una indulgencia para alcanzar al cielo. Los tales deberían leer lo que dijo Cicerón muchos años atrás: “Nunca están los hombres más cerca de Dios que cuando se emplean en salvar a sus semejantes".
 
 La caridad se manifiesta en la devoción de los que mantienen un corazón generoso y una mano abierta. En el mundo son tantos los que mueren con sus bocas abiertas, esperando por una mano abierta con las que pudieron satisfacer su hambre. Las estadísticas que nos suministran las agencias que están sobre la brecha, paliando este flagelo del hambre, son alarmantes y requieren de una sociedad más sensible y preocupada. Nunca había sido tan necesaria como urgente la aplicación de la caridad como en este tiempo. El aumento continuo de los inermes, de los hombres y mujeres que no tienen "donde recostar su cabeza", de las viudas y los huérfanos sin un consuelo de amor y sin una esperanza de satisfacción, demandan de un corazón generoso y de una mano que condescienda para socorrer sus necesidades. Una mano abierta para dar de comer al debilitado, una mano abierta para socorrer al desamparado, una mano abierta para cubrir al desabrigado, una mano abierta para consolar al enlutado o dar un abrazo al que vive sumido en alguna profunda soledad, se convierte en un reclamo desde la tierra y en una demanda del cielo. Con esto concuerdan las palabras que el don más precioso que otorga Dios al corazón humano es el de sepultar su egoísmo mientras su alma se enciende en amor por otros.
 
 Las palabras de Jesús “por cuanto lo hiciste a uno de mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”, que pronunciara en el contexto de lo que será el juicio a las naciones, y la premiación para la vida y el castigo eterno, reflejan con precisión la práctica de la caridad: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mateo 25:35, 36) Alguien interpretando las palabras de Jesús y la forma cómo se identificó con el necesitado, lo puso en un lenguaje poético teniendo un profundo sentido sus palabras: “Cristo no necesita que lo cures, Cristo nunca se enfermó, más piensa cuando cures a algún pobre que estás curando a Dios. Cristo no necesita de alimento, no tiene hambre el Señor, más piensa cuando asistas al hambriento que alimentas a Dios. Cristo no necesita de vestidos para entrar en calor, pero siempre que cubras al desnudo di que vistes a Dios. Cristo no anda buscando que lo hospeden cual extranjero, no, pero siempre que hospedes a un hermano di que hospedas a Dios. Ya Cristo no estará jamás en la cárcel, no hay para él prisión, mas siempre que visites a los presos visitarás a Dios. Ya en los ojos de Cristo no habrá llanto aunque llorar solió, más siempre que consueles a los tristes consolarás a Dios”. Estas palabras de Jesús son el crisol donde se prueba la virtud de la caridad. Y Santiago, su medio hermano, interpretando lo que él dijo, acotó: "La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos, y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo (Santiago. 1:27)


Estudios de esta Serie:

Las Siete Virtudes Capitales, Parte 1
Las Siete Virtudes Capitales, Parte 2
Las Siete Virtudes Capitales, Parte 3
Las Siete Virtudes Capitales, Parte 4
Las Siete Virtudes Capitales, Parte 5
Las Siete Virtudes Capitales, Parte 6
Las Siete Virtudes Capitales, Parte 7

Nota: Este estudio es brindado por entrecristianos.com y su autor para la edificación del Cuerpo de Cristo. Siéntase a entera libertad de utilizar lo que crea que pueda edificar a otros con el debido reconocimiento al origen y el autor.
 
 

 
 
 
 
 

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