Del escritorio de Julio Ruíz

Nuestra riqueza en Cristo

Nuestra riqueza en Cristo
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2 Corintios 8:1-9

La Biblia nos presenta a un Dios como si fuera completamente ilógico para mentes lógicas. Nos revela hechos que parecieran totalmente paradójicos; acontecimientos absurdos donde la ciencia los descalificaría, porque no entran en la ley de las matemáticas o de las probabilidades. Tomemos algunos ejemplos. Dos ancianos, el hombre de cien años y la mujer de noventa, tienen a un hijo a esa edad, producto de una promesa.

Un hombre golpea las aguas de un rio y ellas se convierten en sangre.  Un hombre toma su vara, y le ordena al mar abrirse en dos, y una multitud de dos millones de personas caminan por él en seco. Un clamor por agua hace salir de una roca golpeaba, una fuente para satisfacer la sed. Una murmuración por hambre hace venir del cielo un pan llamado “maná” y carne a montones. Un burro habla y reprenda la obstinada desviación de un profeta.

Un hombre ora y el sol se detiene por casi un día entero, mientras termina la batalla. Un hombre con la quijada de un burro mata a mil personas. Un jovencito con una sola piedra mata a un temible y grandote gigante. Unos cuervos alimentan con pan y carne a un hambriento profeta. Un profeta desobediente es tragado por un pez y después de tres días es vomitado en la playa.

Un rey enfrentó a un poderoso ejército con un coro de alabanza y fue destruido completamente, recogiendo un incontable botín. Una virgen concibe en su vientre a un bebé sin tener relaciones con un hombre. Y el creador de todo lo visible y lo invisible, por quien son y a quien le pertenecen todas las cosas, se hizo el más pobre de todos los hombres con el propósito que nosotros fuéramos enriquecidos. Las paradojas de la Biblia nos muestran a Dios ilógico, para entender que no siempre lo lógico es teológico. Él siendo rico se hizo pobre para que nosotros fuéramos enriquecidos.  Entonces, en qué consiste nuestra riqueza en Cristo.  

Consiste en la riqueza de su gracia

“Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo…”

La gracia es la revelación del amor de Dios

Nuestro texto dice “porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo”. Los hermanos de Corintios eran conocedores de esta gracia, por eso vino la afirmación de Pablo. El hombre creado en el Edén, sin pecado y con el sello de la santidad de Dios, se rebeló contra él, y llegó a vivir bajo una total conciencia pecadora. La ira de Dios fue tal que le sacó de su paraíso y lo condenó a vivir una vida fuera de su comunión.

Los querubines guardando el acceso al árbol de la vida daban testimonio de aquella ira divina. Pero Dios no destruyó al hombre, “la corona de su creación”, sino decidió salvarlo del poder y la maldición del pecado a través de la muerte de Cristo. En eso consiste la “gracia de nuestro Señor Jesucristo”.

La gracia como la más grande demostración de Dios por el hombre, consiste en el acto voluntario de Cristo, ofreciéndose desde la misma eternidad para venir y salvar al hombre quien se reveló en el mismo paraíso, como lo había hecho Satanás. Y lo grande de nuestra salvación es que Señor pudo rechazar la ignominiosa cruz, pero contrario a la desobediencia del primer Adán, Cristo, el segundo Adán, decidió obedecer a su Dios, mostrando con esto la “gracia de nuestro Señor Jesucristo”.  

La gracia es un don inmerecido

Efesios 2:8-9. La gracia comienza desde el principio en la Biblia, y nos lleva hasta llevarnos a Cristo, la expresión más sublime e inexplicable de ella a favor nuestro. Su significado origina de “favor, bendición o bondad”, nos habla de Dios escogiéndonos para bendecirnos, en lugar de maldecirnos, porque nuestros pecados merecieron exactamente eso. Es la bondad de Dios en plena acción por los indignos. Cuando uno lee este versículo no deja de sorprenderle su contenido.

Mucha gente ha hecho su propio programa para salvarse, justificándose por medio de una vida “recta”, o más aún, por medio de sus propias bondades. Pero el texto nos dice categóricamente “por gracia sois salvos, por medio de la fe”. Lo único que está puesto para salvarnos es la gracia del cielo, y la manera de alcanzarla es a través de la fe.

La gracia excluye absolutamente todo vestigio de bondad en nosotros que se preste para justificarnos delante de Dios. ¿Qué hay de bueno en nosotros para ser considerados por Dios para salvarnos? ¡Absolutamente nada! El texto excluye una salvación por obras.  ¿Qué es lo sorprendente de este texto? Que nos diga que aun la fe es un don de Dios “para que nadie se gloria”. Todo es por pura gracia.

La gracia es el poder libertador de Dios

Efesios 1:7. La otra riqueza de la gracia de Cristo se ha puesto de manifiesto a través de su poder sobre el gran enemigo de nuestras almas, llamado Satanás. Por la riqueza de su gracia hemos sido redimidos de la esclavitud de ese poder originado en el cielo, siguiendo en el Edén, hasta manifestarse en la tierra. La Biblia nos dice que Cristo vino para deshacer las obras del diablo. El poder de Satanás ha logrado dominar al mundo con sus demás poderes.

De hecho, Pablo nos habla de una lucha contra principados y potestades en las regiones celestes. La Biblia se refiere a Satanás como el príncipe de este mundo, para referirse a su dominio y control sobre las mentes humanas.

Por otro lado, Pablo habla de la redención a través de la sangre de Cristo por la riqueza de su gracia. Y luego nos dice más adelante que él “nos dio vida cuando estamos muertos en nuestros delitos y pecados”, cuando aún andábamos “siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire” (Efesios 2:1-2).  La riqueza de la gracia de Cristo se manifestó en la manera más contundente al derrotar a nuestro acérrimo enemigo, llamado Satanás. Su gracia es gracia libertadora.  

Consiste en la riqueza de su poder

“… siendo rico”  

Hay una riqueza que es inescrutables 

Efesios 3:8. Algo “inescrutable” es algo que no puede ser averiguado o comprendido. Y en ese sentido Pablo no pudo usar una palabra mejor para hablar de la riqueza del Señor. Así, pues, el Cristo que nos presenta Pablo y la Biblia es absolutamente rico. Esa riqueza inescrutable la vemos primero en el amor que tiene por los pecadores. Romanos 5:8 sigue siendo uno de los más grandes textos de las Escrituras.

No hay amor como el suyo por el pecador, porque ha sido “de tal manera”. De igual manera, en Jesús nos encontramos con la riqueza de su sabiduría. Cuando usted y yo nos sentamos a sus pies a beber de su conocimiento, descubrimos la mejor sabiduría del mundo, porque la suya es pura, sin mezcla humana. Su sabiduría nos lleva a la revelación de la palabra, y al final ella nos pone en el camino de la vida eterna.

Vea cuán rico es nuestro amado Cristo que nos ha dado dos cielos: uno es el debajo del sol para servirle, aunque no seamos tan ricos materialmente, pero el otro es el cielo de arriba para deleitarnos en él eternamente. Mi apreciado hermano, todavía no hemos descubierto el poder de esa de esa riqueza para ser mejores hijos suyos. Hagamos de Cristo nuestra más grande riqueza.  

Hay una riqueza que ha sido revelada

Colosenses 1:16-17. El Señor ya era rico antes de su creación, pero aumentó sus riquezas con lo hecho. Lo visible se refiere a las cosas vistas en el cielo, pero también las vistas en la tierra. La inmensa multitud de estrellas (simplemente millones de ellas), y el orden que se ve en el universo, tiene su explicación en Cristo.

Cuando el salmista vio a ese mundo de arriba, exclamó maravillado: “Los cielos cuentan la gloria de Dios…” (Salmo 19:1). Y esa gloria es vista en la perfección de las cosas hechas, tanto que hay un lenguaje sin palabras entre ellos. Observe al majestuoso sol saliendo como “esposo que sale de su tálamo” y “se alegra cual gigante para correr el camino”, donde nada se esconda a su calor.

Esto está arriba, en el universo, pero ¿sabe usted la perfección de las cosas hechas que vemos acá en la tierra? “Todo lo hizo hermoso en su tiempo” nos dice el sabio (Eclesiastés 3:11). Al Señor le pertenece el mundo de arriba y el de abajo. Y lo más poderoso de este texto es que, si bien todo fue creado por él y para él, al final el Señor hizo todo pensando en nosotros.

Hay una riqueza que nos está aguardada

1 Corintios 2:9.  Qué bueno es saber que Jesucristo no es un rico avaro o egoísta como los ricos de este mundo. Una de las bendiciones de tener un amigo rico como Cristo es la manera cómo él nos hace partícipes de todas sus riquezas. Las comparte con nosotros en esta vida como nuestro proveedor. ¿Se ha puesto a pensar en los recursos celestiales para sostener a toda la creación?

Sin embargo, lo hecho por Dios ahora no es comparado con lo venidero. Pablo nos habla de cosas que no ojo no vio, ni oído oyó, como estando reservadas para quienes le aman. Si todo lo visto hasta ahora ha sido hermoso, se imagina lo que nos espera. Juan tuvo una visión anticipada de las riquezas celestiales. Nos describió a la Nueva Jerusalén, nuestro hogar final, con toda una gloria excelsa, donde Cristo será el Rey rodeado de una gloria eximia.

Él será por siempre el Salvador y el Señor de la nueva creación. Sus riquezas simplemente son inimaginables, sublimes, gloriosas e impensables para un ser humano. Bienaventurados los que ya se nos anticiparon, y están ahora mismo disfrutando de esa riqueza al lado de Cristo. No sabemos cómo es esa riqueza, pero Pablo nos dice que pronto será revelada.

Consiste en la riquez de su humillación

“… que por amor a vosotros se hizo pobre”.

Se hizo pobre por amor.  

Él dejó toda la gloria y las riquezas para redimirnos. ¿Qué hizo para hacerse pobre?  Nació en un establo para animales. Sus padres ofrecieron una tórtola como ofrenda después de su nacimiento, que era la ofrenda de los pobres.  

No tenía dinero para pagar los impuestos y tuvo que enviar a Pedro a sacar una moneda de un pez para pagarlo. No tenía donde dormir, porque “las zorras tienen sus madrigueras, y las aves sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza”. 

Su entrada triunfal no fue en caballo, sino en un burro de otro hombre. Fue sepultado en una tumba prestada.Él estaba en el mundo, y el mundo por él fue hecho, pero el mundo no lo conoció.

Proféticamente se dijo de él:   «Di mi espalda a los que me golpeaban, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no escondí mi rostro de la vergüenza y de los escupitajos». También dijo el profeta: “Despreciado y desechado, varón de dolores y experimentado en quebranto”.

En el proceso de su sufrimiento fue escarnecido, burlado y abucheado, aunque era el santo Hijo de Dios. Paradójicamente, siendo la cruz la muerte más vergonzosa, Pedro nos dice que Cristo puso su gozo delante de ella, y la enfrentó para nuestra salvación. Su pobreza llegó al extremo cuando dice el texto de Filipenses que se humilló así mismo.

“… para que nosotros en su pobreza fuéramos enriquecidos”

Enriquecidos por su pobreza

 La humildad de Jesús no solo fue vista en su humillación al hacerse hombre, sino en la declaración a sus seguidores. He aquí su escuela: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. ¿Puede usted decir estas palabras? Si las dice ya no es humilde.

Pero Jesús las dijo, porque eso fue parte de su naturaleza. Su pobreza fue necesaria para que nosotros ahora seamos ricos. Entonces ¿cuál es nuestra riqueza? Los propagadores de la “teología de la prosperidad” usan de una manera descarada este texto para proclamar su herejía. ¿Podemos interpretar este texto afirmando que los horrores padecidos por Jesús en la cruz fueron para vivir una vida placentera y sin problemas económicos? ¿A cuál riqueza se está se está refiriendo Pablo?

 Por cierto, no son riquezas de los carros lujosos, yates, aviones, casas, mansiones, posiciones, joyas o dinero. En todo caso, son las riquezas espirituales, dones, bendiciones; es llegar a ser ricos en la salvación, el perdón, el gozo, la paz, la gloria, el honor y la majestad. Es una referencia a ser coherederos con Cristo.  Ciertamente la pobreza de Cristo nos ha hecho ricos, pero nuestra riqueza ahora es para que seamos buenos mayordomos de ellas. Es para ser ricos con nuestra generosidad.

Nuestra riqueza en Cristo

Mis amados, pocas declaraciones en la Biblia igualen lo que sería el resumen del evangelio según el presente texto. Desde la más pura y santa gloria del cielo vino Jesucristo a la más profunda inmundicia de la tierra. La encarnación de Cristo fue su más grande humillación (Filipenses 2:5-11), y su más inexplicable renuncia de su gloria celestial. Hay cosas que son incompresibles para la mente humana basadas en los hechos de Dios para con nosotros.

Él no tenía necesidad de crearnos, pero por amor lo hizo. Él no tenía necesidad de preservar la vida humana después del diluvio, pero por amor lo hizo. No tenía que morir en una cruz por nuestros pecados, pero por amor lo hizo. Él no tenía necesidad de descender y llegar a ser el hombre más pobre que piso la tierra, pero por amor a nosotros lo hizo. Pero aún más, él no tenía que despojarse de toda su riqueza, por ser su dueño eterno, para que llegáramos a ser ricos. Entonces ¿no es este texto la más poderosa razón para ser generosos? ¿Fue mezquino Dios al dar a su Hijo por nosotros? La sola frase “por amor a vosotros se hizo pobre” debiera conducirnos a la más fiel entrega.

Julio Ruiz

Venezolano. Licenciado en Teología. Fue tres veces presidente de la Convención Bautista en Venezuela y fue profesor del Seminario Teológico Bautista de Venezuela. Ha pastoreado diversas iglesias en Venezuela, Canadá y Estados Unidos.

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