Del escritorio de Julio Ruíz

Todo es suyo, nada es mío

Todo es suyo, nada es mío
Foto cortesía de https://sp.depositphotos.com/

Salmos 24:1-2

Samos89:11-12

Hageo 2:8

Hay una historia de una mujer que había terminado de hacer sus compras y regresó a su automóvil cuando se encontró con cuatro hombres allí. En ese momento dejó caer sus bolsas de compras, sacó una pistola de su bolso y con voz fuerte les dijo: «¡Tengo un arma y sé cómo usarla! ¡Salgan de mi auto o aténgase a las consecuencias!».  

Aquellos hombres no esperaron por una segunda advertencia. ¡Se bajaron y corrieron como locos! La mujer, totalmente nerviosa, puso las bolsas como pudo en el carro y decidió encenderlo para salir de aquel lugar. Como estaba desesperada quería salir de allí lo más rápido posible, intentó una y otra vez introducir la llave en el encendedor, pero no tuvo éxito; simplemente no pudo. Entonces hizo el gran descubrimiento, cuando dijo: ¡Este no es mi carro! Miró y, efectivamente, su carro estaba estacionado a unos cuatro o cinco de distancia del suyo. 

Salió, miró a su alrededor para ver si los hombres estaban cerca, cargó las bolsas en su propio automóvil y condujo hasta la estación de policía para entregarse por lo que había hecho. El guardia después de escuchar su historia, casi se cayó de la silla, riéndose. 

Se movió hacia el otro lado del mostrador y señaló la presencia de cuatro hombres denunciando el robo de un automóvil por parte de una mujer con anteojos, cabello blanco rizado, de menos de metro y medio de altura, portando una pistola muy grande.  La mujer quedó muy avergonzada. Al final, a la mujer no le pusieron cargos, así terminó esa historia.  (Greg Laurie, A Time to Worship, Decisión, noviembre de 2001).  

¿Qué sucedió con la mujer?  Ella pensó que aquel era su auto, pero en realidad pertenecía a otra persona. Este es el principio: todo es suyo, nada es nuestro. ¿Qué somos entonces? Bueno, de eso se trata el mensaje para la ocasión. Veamos su contenido.

Dios es dueño de todo, yo soy sólo su mayordomo

“Tuyo son los cielos… tú los fundaste”

(Salmos 89:11). Todo lo que tengo hoy viene de Dios. Todo es de él; yo no tengo nada. Usted no tiene nada. ¿Se había puesto a pensar en eso? ¿Cuáles son las cosas de las cuales Dios es dueño? De los cielos, de la tierra, del mundo, y si faltara algo, él es dueño de su plenitud. Entonces ¿quién es la persona más rica del mundo?

Según la revista Forbes es Elon Musk con 273 mil millones de dólares. Pero ¿es cierto que él es la persona más rica del mundo? ¡No! La persona más rica del mundo es Dios. Déjeme darle estos datos. Dios es dueño de los ángeles ¿Cuánto vale un ángel? Dios es dueño del universo. ¿Cuánto vale la luna? Dios es dueño del monte Tabor y Hermón, las montañas más majestuosas que conocían los israelitas. ¿Cuánto valen esas montañas? Dios es dueño de tu vida. ¿Cuánto vales tú?

Vales más que el dinero de Elon Musk, porque Dios te amó tanto que entregó a su Hijo para que muriera por tus pecados. Entonces, ¿tienes algo que sea tuyo? ¡Nada! Tú y yo solo somos “gerentes de su compañía”, o, mejor dicho, somos sus mayordomos. Si creo que soy el dueño, entonces estaré constantemente en conflicto con Dios, porque al final, todo lo que tengo, y hago, no es

¿Qué tienen que Dios no les haya dado? 

(1 Corintios 4:7).  Las preguntas de este texto son todas significativas. La última pone a las personas egoístas y avaras en el lugar correcto: “Y si todo lo que tienen proviene de Dios, ¿por qué se jactan como si no fuera un regalo? (NVI).

Mis hermanos, Dios es dueño de mi 10% y de mi 90%. Cuando entiendo lo arriba expresado, que el Señor es el dueño, y yo soy solo el administrador, el conflicto con Dios desaparece y la libertad se apodera de mi vida. Veamos este ejemplo. Si la semana pasada gané $1.000 ¿cuánto de esos $1.000 le pertenecen a Dios? ¡Todos los $1.000! Alguien podría decir: «Déjame ver, el 10 por ciento de $1.000, ¡son $100!» No, el principio del diezmo no significa que $100 son de Dios, y el resto es tuyo. Todo pertenece a Dios. Si todo pertenece a Dios, yo soy el gerente de su “compañía” por lo tanto, mi responsabilidad es administrarlo todo con honestidad.

Ahora bien, ¿cuál es la bendición de trabajar para un dueño como lo es Dios? Que, aunque yo le doy el 10%, o más de lo que él me ha dado, él me deja también el 90% para administrarlo.   ¿Por qué Dios hace eso? Porque él hizo el mundo pensando en nosotros. El hombre es la razón final de su creación ahora y en el futuro.

El peligro del olvido

(Deuteronomio 8: 17-18). Como mayordomos de los recursos de Dios, debemos siempre recordar quién es el que me da las fuerzas y la inteligencia para obtener mis riquezas. Este texto es muy interesante.  Mucha gente habla de haber obtenido sus riquezas por sus propios esfuerzos, y hasta hacen gala de su capacidad y tesón para lograr las cosas, pero todos los hombres olvidan el previo recordatorio de Dios a pueblo: “Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día”. 

¿Cuál es ese recordatorio? Que Dios les daba la habilidad de adquirir riquezas, pero ellos deberían no enorgullecerse, pensando que por sus propias fuerzas habían adquirido lo que tenían. El mundo ignora por completo esta verdad bíblica. El orgullo del hombre borra de su corazón el sentimiento de gratitud al pensar que sus riquezas provienen de sí mismo y no de la provisión de Dios. Cuando no somos mayordomos responsables de la forma cómo administramos los recursos recibidos, nos olvidamos como lo hizo Israel. Lo primero que debemos acordarnos al recibir nuestro salario es en el Dios quien nos dio las fuerzas.

Como mayordomo, debo saber lo que es de mi amo

Mi responsabilidad como mayordomo será dar cuenta de la mayordomía. En este sentido soy llamado para administrar bien lo recibido, porque según lo dicho por David, de todo lo recibido somos motivados a dar. He aquí el asunto grande en la economía del cielo. Dios nos da todo, pero nos confronta sobre la necesidad de dar; y sobre esto, hay tres maneras acerca de cómo hacerlo. 

Nuestro dar debe ser generosamente

(1 Crónicas 29:14). Nadie fue tan poderoso como el rey David en su tiempo. Una de las maneras en ver su riqueza y su poderío fue en la acumulación del oro y la plata para la construcción del templo. A parte de su propia riqueza, David vio como su pueblo hizo lo mismo al dar. Vea la manera cómo el pueblo se dio para esa causa tan grande v. 6-8.

Así que si alguien entendió la relación propietario-administrador fue David. David reconoce quién es dueño de todo, y cuál es su papel como administrador o mayordomo de los recursos de Dios v. 10-12. Después de recibir la ofrenda del pueblo, David respondió a Dios…»Pero, ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que podamos dar tan generosamente como esto? Porque todo viene de ti, y solo te hemos dado lo que viene de tu propia mano». 1 Crónicas 29:14 (NVI).  

David estaba pensando como un mayordomo, no como un propietario. El creyente debe aprender el principio de dar, pero el dar generosamente.  Cuando este principio domina mi corazón, descubro a Dios como el Dador más generoso, quien, al pensar en el hombre como el objeto mismo de su creación, lo rodeó de todos sus favores y misericordias.  

Nuestro dar debe ser sacrificialmente

2 Corintios 8:1-5. Cuando buscamos un ejemplo de dar en la Biblia, el de los hermanos de Macedonia es el más elocuente. Esos hermanos no necesitaron de una “campaña de mayordomía” o una exhortación de parte de Pablo para dar.  Ellos vivían en extrema pobreza, y en gran prueba de tribulación.  Entonces ¿cómo podían estos hermanos dar tan generosamente, mientras estaban en aquella extrema condición?  Este fue el testimonio de Pablo: que en grande prueba de tribulación… y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad v.2. 

¿Cuál fue su secreto al momento de participar en aquella ofrenda para los hermanos de Jerusalén? Por un lado, ellos no vieron la pobreza como una excusa para dar. Simplemente se negaron a perder la satisfacción de dar con sacrificio. Cuando uno da de lo que le sobra, allí no hay sacrificio; así eran como daban los fariseos, según lo dijo Jesús. Pero estos hermanos nos hablan del verdadero secreto del dar con sacrificio: “Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor […] v. 5. Mis amados, cuando uno se da primero al Señor, el dar no es una carga, sino un momento lleno de gozo y gran contentamiento.

Nuestro dar debe ser con alegría

(2 Corintios 9:7). ¿Alguna vez te has preguntado por qué la Biblia dice que «Dios ama al dador alegre»? Bueno, primero porque no siempre estamos alegres cuando se trata de sacar nuestro dinero de nuestro bolsillo, sobre todo si es para pagar nuestras deudas. El único lugar donde se nos anima a dar con alegría es en la casa del Señor. ¿Por qué razón? “Porque Dios ama al dador alegre”. Dios nos ama de todas maneras, pero el texto dice que él nos ama cuando damos.

¿Por qué es así? Porque Dios es el primer y más grande Dador. Dar con alegría es una señal de que los donantes entienden la relación propietario-administrador. Dar alegremente solo puede provenir de un corazón puesto en las cosas de arriba, no en las cosas terrenales (Cfs. Colosenses 3:1). Dios ama al dador alegre, porque tales dadores están invirtiendo en el cielo, cuya cosecha tiene dividendos eternos.

Otro buen ejemplo de dar alegría lo tenemos con la construcción del tabernáculo en el Antiguo Testamento. Fue tanto el gozo de traer para la construcción de esa obra divina, que Moisés ordenó no dar más para la obra del Señor. Los materiales ya eran suficientes (Éxodo 36:4-7). ¿Se imagina que algo así suceda en medio nuestro?

Al final, todos daremos cuenta de lo recibido

Soy responsable ante Dios porque él, como dueño, querrá saber lo que finalmente hará su mayordomo.  El asunto es que Dios, como propietario absoluto, tiene pleno derecho de saber cómo van sus negocios y mi responsabilidad como su mayordomo.  Cada uno dará una cuenta personal a Dios (Romanos 14:10-12.). Dios necesita saber qué hemos hecho con las posesiones confiadas.

Si Dios como Amo me llamara para rendir cuentas, ¿cómo estarían ellas al final de la jornada?  ¿Saldré calificado como un buen mayordomo de todo lo entregado? ¿Estaré feliz al final de la evaluación porque he sido un dador generoso, habiendo invertido para los tesoros celestiales? Algunos de nosotros necesitamos repensar cómo estamos gastando nuestros recursos para el Señor y su reino.  Una de las últimas parábolas que dio Jesús se refería a un amo que confió sus posesiones a tres sirvientes mientras él estaba fuera.

El amo, después de regresar, responsabilizó a cada siervo por cómo había usado o invertido lo que le había sido confiado (Mat. 25:14-30). Dos de ellos pasaron bien el examen, pues fueron elogiados por su fidelidad. Las palabras más emocionantes oídas, fueron: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” v. 23. ¿Oiré al final esta calificación?

Todo es suyo, nada es mío

CS Lewis dijo: “Cada facultad que tienes, tu poder de pensar o de mover tus miembros de un momento a otro, te lo da Dios. Si dedicaras cada momento de toda tu vida exclusivamente a Su servicio, no podrías darle nada que no fuera Suyo en cierto sentido”.

La dama de cabello blanco se equivocó cuando se dirigió al automóvil equivocado, empuñó un arma y causó la carrera despavorida de aquellos cuatro hombres. Sin embargo, el suyo fue un error honesto. No era su carro; por eso, al final no se hizo responsable de los hechos. Pero nosotros si seremos responsables de nuestras acciones. 

Todo lo que llamamos «nuestro» es en realidad suyo. Dios nos creó para él, nos sostiene para él, y nos ha salvado para él. Todo es suyo, nada es nuestro. Su intención final no solo fue crearnos, y sostenernos, sino salvarnos. Nuestro Dios no es un amo egoísta ni explotador. Todo lo hizo por nosotros y para nosotros. ¿Qué hacemos nosotros?

Estudios de la serie: La mayordomía del Reino

1: Todo es suyo, nada es mío
2: El dador alegre
3: El ministerio del sostenimiento

Julio Ruiz

Venezolano. Licenciado en Teología. Fue tres veces presidente de la Convención Bautista en Venezuela y fue profesor del Seminario Teológico Bautista de Venezuela. Ha pastoreado diversas iglesias en Venezuela, Canadá y Estados Unidos.

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