Del escritorio de Julio Ruíz

La pasión que nos mantiene corriendo

La pasión que nos mantiene corriendo

1 Corintios 9:24-27

Durante el año 2021 que está a punto de terminar, el Señor nos dio una visión que la llamamos: “Avivando nuestra pasión por Jesucristo, hasta que su evangelio sea conocido en todo lugar”. Como el énfasis de esta visión es la pasión por Jesucristo, creo necesario que cerremos este año hablando de ella, porque será la que nos ayudará en todo lo que nos propongamos hacer en el venidero 2022.

La vida está determinada por una pasión. Los hombres que se levantan en el pódium de los triunfadores tuvieron una pasión por lograr un premio, una carrera o una meta. Un cristiano debiera ser una persona con una pasión por Jesucristo, porque tenemos muchas cosas que apasionan nuestro corazón. Pablo es el mejor ejemplo que encontramos respecto a este tema de la pasión. Antes de convertirse tenía una pasión para acabar con el cristianismo, pero después que se convirtió tuvo una pasión para defender al cristianismo.

Su pasión para detener el movimiento cristiano lo llevó a ser un férreo perseguidor de la iglesia, pero después su pasión por Cristo lo llevó a ser un perseguido hasta la muerte, hasta decir: “Para mi el vivir es Cristo y el morir es ganancia”. Su amor por Jesucristo le llevó a trabajar en tantos lugares dejando este legado: “… de manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo” (Romanos 15:19).

Su pasión por Jesucristo llegó al extremo que cuando pudo ser puesto en libertad en su gran defensa del evangelio, prefirió apelar al Cesar, y al llegar a Roma quedó preso por el Señor donde finalmente fue decapitado, de acuerdo con la tradición acerca de su muerte. Mis amados, qué tipo de pasión es la nuestra. Cuánto amamos realmente a Jesucristo. Les propongo dos maneras de ver la pasión de Pablo con una aplicación para nuestras propias vidas.   

Consideremos lo que define mi pasión  

Mi carrera es por Cristo

1 Corintios 9:24 a. Pablo era un conocer de la disciplina de las maratones, tan populares de los juegos olímpicos y de los juegos ístmicos que los corintios conocían muy bien. Pablo tuvo un conocimiento cercano de este tipo de deporte pues hace siempre alusión a eso, incluso cuando ya está en el cenit de su vida habla de olvidarse, extenderse y proseguir a la meta (Filipenses 3:12-14).  

La pregunta que hace a los corintios anticipaba una respuesta afirmativa. En ese estadio donde todos corren, sólo uno de ellos se llevaba el premio.  En este sentido Pablo ve al estadio como el mundo donde estamos corriendo. Desde el mismo momento que me hice cristiano comencé a correr. Y así como el atleta tiene una sola pasión en su vida: ganarse el premio, como hijo de Dios nuestra pasión no puede ser otra, sino aquella que define nuestra vida: Jesucristo.

Por él estoy corriendo en el estadio de esta vida. Y no es que corra para alcanzarlo, sino que corro porque ya lo he alcanzado. En la “olimpíada espiritual” yo corro, no representando a mi país, sino representando al reino de Dios, al que ahora pertenezco.   De esta manera corro por Jesucristo; y al hacerlo, lo hago con pasión porque él mismo espera que termine.

Mi perseverancia es por Cristo

1 Corintios 9:24b. Los destinatarios de esta carta, la iglesia a los corintios, estaban muy familiarizados con los llamados juegos ístmicos que consistían en carreras cortas de velocidad o largas de resistencia. Así que Pablo sigue pensando en el atleta que corre y en su imaginación puede ver aquel hombre estirado hacia adelante, venciendo todos los obstáculos hasta llegar a la meta. Y una de las cosas que se destaca de este atleta es la perseverancia.

El “corred de tal manera que lo obtengáis” es una excelente metáfora que Pablo usa para decirnos que todos los creyentes participamos en una carrera espiritual. El atleta que tiene una pasión por un premio lo domina la perseverancia y nunca se dará por vencido hasta llegar a la meta. Lo mismo aplica para el creyente. Si en nuestro corazón lo que domina es mi pasión por Jesucristo, descubriremos que la perseverancia es el asunto que más nos mueve, y nos mantiene activos, creciendo en el Señor y animados siempre para servirle.

En consecuencia, es la falta de pasión por nuestro amado Cristo lo que nos paraliza en la carrera y nos quita la perseverancia. La exhortación es para tomar la vida espiritual muy en serio de manera de verla como una competencia en la que hay que esforzarse.

Mi entrega es por Cristo

1 Corintios 9:25a. La palabra griega con la que Pablo describe la disciplina de   el atleta en este texto era “agōnizomai” (=luchar, pelear); de allí vino la palabra “agonizar”. Aquí vemos cómo aquellas competencias demandaban tal esfuerzo de los participantes, que literalmente se sometían a una intensidad en el ejercicio, y al correr exponían sus cuerpos a severas disciplinas para aguantar el desafío de la competencia. Pablo introduce acá una oración como la clave en todo el pasaje al decir: “de todo se abstiene”. ¿Cómo debiera preparase un atleta si desea estar bien para su carrera?

Debe abstenerse de algún tipo de comida, que ninguna le haga daño, y a su vez le nutra. Debe abstenerse en no ingerir bebidas intoxicantes, porque eso aminora sus fuerzas, y debe disciplinarse en su sueño para que su cuerpo esté relajado para el gran momento. Pablo utiliza esta misma figura para ilustrarnos la necesidad de tener esta clase de disciplina, porque será la única manea de salir victoriosos en la vida espiritual. La pregunta es de cuántas cosas debemos abstenernos si amamos a Cristo. Hay pasiones de la carne que me roban la pasión por Cristo.

Mi corona es la de Cristo

1 Corintios 9:25b. Este versículo nos desafía a algo que es trascendente en la vida cristiana. Definitivamente en la carrera cristiana, corre debería ser con una pasión y un propósito. ¿Por qué mencionamos esto? Porque bien pudiéramos estar corriendo sin una meta fija, sin un real espíritu competitivo, terminando con un esfuerzo vano.

En los juegos olímpicos antiguos la esforzada carrera era por una corona corruptible. La más rigurosa preparación física y mental era por un codicioso trofeo que pronto se marchitaba, porque eran coronas de pino, de olivo y una corona de laurel, que, si bien algunas fueron hechas de material sagrado, al caer la tarde se marchitaban y pronto se corrompían. No duraban mucho.

Contrario a esto, Pablo nos habla de la corona incorruptible dada por el Señor. ¡Qué manera de alentarnos en esta carrera donde todos corremos! Así, pues, cuando hayamos terminado la carrera, el Señor nos invitará para que subamos al pódium para recibir la corona incorruptible. ¿Cómo será esa corona?   Una será de gozo, otra de justicia, otra de vida y otra de gloria. ¿Hay algo que supere esto? Considerando esa promesa ¿no valdrá la pena vivir con una santa pasión por Cristo.

Consideremos mi parte en mantener la pasión  

La manera correcta como debemos correr:

No corro a la aventura

1 Corintios 9:26b. Pablo retoma este tema, pero volviendo hablar de si mismo. Su más ferviente deseo es ser ejemplo a los corintios, quienes conocían muy bien esta ilustración que está usando. Enfáticamente nos dice la manera cómo él hace la carrera. Observemos lo que no hace y luego lo que sí hace. Negativamente hablando dice no corro a la aventura.

Con esto afirma que hay carreras sin un objetivo claro. Esta ilustración nos revela a un Pablo desde que creyó con una determinado por Cristo como su pasión y su triunfo, por lo tanto, no podía darse el lujo de perder ese santo propósito. Correr a la ventura es vivir sin metas ni propósitos. Muchos hoy corren como a la aventura; corren por todo y por nada. Corren, pero en la dirección incorrecta y por consiguiente no alcanzan nada.

Sepamos esto, si no tenemos una meta personal, jamás nos desarrollaremos como personas. Sin una meta en su trabajo, usted vivirá siempre sin ningún ascenso o progreso. Sin una meta en su matrimonio, nunca se desarrollará una feliz relación. Pero, sobre todo, sin una meta en su vida espiritual, usted será el mismo creyente de siempre, sin ninguna dirección. Si he puesto mis ojos en Cristo, como mi meta, no debo correr a la ventura.

 No peleo golpeando el aire

1 Corintios 9:26c. Ahora Pablo cambió la metáfora de la carrera por la del boxeo. Lo más probable fue que en aquellas olimpiadas, el boxeo formaba parte de las distintas disciplinas deportivas. Pablo al hablar como “boxeador”, dirige bien sus golpes y no pierde energías en golpes malogrados. ¿Se ha puesto pensar cuántos golpes lanza un boxeador a su rival antes de noquearlo? Le aseguro que muchos de ellos son al aire, pero al final uno de ellos da en el blanco.

Dicen los expertos en boxeo que una de las causas principales por la que se pierde una pelea, no es tanto por la falta de preparación física, la velocidad de las piernas, o la misma fuerza del impacto, sino más bien por los golpes al aire que se dan en lugar del cuerpo del rival. De esta manera Pablo nos habla de sus esfuerzos en la arena de la competencia espiritual como estando muy bien definidos.

La palabra pecado en griego es “hamartia”, y su significado es errar el blando. Esto habla de las fallas que tenemos en nuestra vida espiritual, porque cuando pecamos no damos en el blanco, siendo esto lo equivalente a la misma figura de golpear el aire. Por cuanto nuestra lucha es con un enemigo real, debemos dar golpes certeros para ganar el combate.

Golpeo mi propio cuerpo

1 Corintios 9:27 a. Lo primero que vamos a decir es que este texto no es la base para las religiones que practican la flagelación. Pablo no está promocionando una vida ascética. Otra vez, es una figura, un símil. Al decir “golpeo mi cuerpo” está hablando de su compromiso que tiene con su Señor, sometiendo su cuerpo en disciplina, cuya traducción sería “me pongo un ojo morado”. Mientras que la otra frase “hago que me obedezca” literalmente significa “lo conduzco a la esclavitud”.

¿Cuál es el propósito de Pablo al hablarle a los Corintios de esta manera, y en consecuencia a nosotros? Que la única manera de mantener una pasión por Jesucristo es de someter a disciplina nuestro cuerpo. No es difícil que sean las pasiones de la carne las que nos gobiernen. Nos cuesta mucho dominar la carne hasta el punto de que nos obedezca.

Pablo llega a la conclusión de no gastar sus energías en las cosas intrascendentes, sino por el contrario de aplicar sus fuerzas a auto disciplinarse, al dominio propio, hasta ser el castigador de su propio cuerpo y sus pasiones, de su alma, de sus emociones, de su mente y sus convicciones con el único fin de agradar a su Señor. Al hacer esto despertamos la pasión por Jesucristo.

El peligro de ser eliminado

1 Corintios 9:27 b. No hay cosa más peligrosa en la vida espiritual que la confianza en si mismo. La palabra para “heraldo” (Keruxas) acá era la misma usada para el “proclamador de los juegos”. Es una referencia para proclamar un mensaje, al representante del que llevaba las buenas nuevas del evangelio. Lo que Pablo está advirtiendo es que después de haber tomado parte en el “juego”, declarando esa gran noticia del evangelio mismo, llegara a ser descalificado.

¿Cuál era el inminente peligro  que se veía el apóstol? Que después del gran esfuerzo hecho “yo mismo venga a ser eliminado”. La palabra “eliminado” es la palabra griega “adokimos” que significa: falso, ilegítimo, desacreditado; reprobado. Por supuesto que esto no es una equivalencia a ser “condenados” lo cual sería una contradicción en la doctrina de la perseverancia de los santos.

Aunque algunos hermanos parecieran vivir como si ya estuvieran eliminados. La fe salvadora es la que perdura. Los hombres no son salvos por su perseverancia, sino que perseveran porque son salvos (Filipenses 3:8–14). Avivemos la pasión para seguir corriendo. Afirmemos nuestra carrera.  Hagamos de Hebreos 12:1-2 nuestra pasión en la carrera.   

La pasión que nos mantiene corriendo

Es posible que haya escuchado la historia de John Stephen Akhwari, el corredor de maratón de Tanzania que terminó último en los Juegos Olímpicos de 1968 en la Ciudad de México. Ningún finalista de un maratón terminó como él. Herido en el camino, entró cojeando al estadio con la pierna ensangrentada y vendada. Pasó más de una hora después de que el resto de corredores ya habían completado la carrera. 

Sólo quedaban unos pocos espectadores en las gradas cuando Akhwari finalmente cruzó la línea de la meta. Cuando se le preguntó por qué seguía corriendo a pesar del dolor, Akhwari respondió: «Mi país no me envió a la Ciudad de México para comenzar la carrera. Me enviaron aquí para terminarla”. Mis hermanos, esta debe ser nuestra actitud hasta el final de la carrera.

Es cierto que muchas veces podemos correr con una “pierna herida”, pero el amado Cristo, a quien representamos, nos ha ordenado finalizar la carrera. Renovemos nuestra pasión por él y mantengámonos corriendo hasta llegar a la meta.

Julio Ruiz

Venezolano. Licenciado en Teología. Fue tres veces presidente de la Convención Bautista en Venezuela y fue profesor del Seminario Teológico Bautista de Venezuela. Ha pastoreado diversas iglesias en Venezuela, Canadá y Estados Unidos.
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América
América
18 días de haberse escrito

Que gran enseñanza edificadora y motivadora gloria a Dios. Muchas gracias Dios le bendiga hno Julio Ruiz.

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