Las siete características de una fe sanadora

Tiempo de lectura: 7 minutos

Marcos 1:40-45

INTRODUCCIÓN:
De acuerdo al estudio cronológico del ministerio de Jesús, este sería el primer leproso que él sanaría. Esto hace este episodio aún más interesante. La lepra simplemente era la enfermedad más terrible durante el tiempo de Cristo. No había cura para ella a menos que fuera por la intervención de un milagro como el caso Naamán, el general del ejército del rey de Siria. Su sanidad vino como resultado de la orden de Eliseo de ir al río Jordán para zambullirse siete veces. (2 Re. 5).  La lepra era considerada como una señal de maldición, y era la más cercana comparación con el pecado. Miremos a este hombre acercándose a Jesús. La ley establecía que ellos tenían que vivir separados, y por donde pasaran tenían que hacer tocar una campanita que indicaba su presencia, gritando de lejos: ¡Inmundo! ¡Inmundo! Pero su condición desesperada le hizo pasar por alto a todas las restricciones de la ley para un leproso, y con osadía se acercó a Cristo. ¿Quién le había dicho que Jesús podía sanarlo? ¿Estaría dentro de la multitud que oyó el Sermón del Monte? El asunto es que de su corazón salió una fe para ser sanado. Se acercó a Jesús para experimentar un milagro. No había otra cosa en su mente sino ésta. Esta es la fe con la que debemos acercarnos a Jesús. Una fe así mueve la  misericordia de Jesús. Hay una “lepra” en el alma que debe ser sanada. Descubramos cuál es la característica de la fe que salva.

 

1 Es una fe que despierta un deseo de cambio

 

La enfermedad de la lepra simplemente era algo inenarrable. No había para ella una posibilidad de ser curada. Esto nos pone de manifiesto que este hombre tuvo que haber oído que Cristo sería el único que podía curarle. Los leprosos espirituales son personas que viven en una condición parecida, sin embargo, ellos no tienen la intensión de ser sanados. Hoy día tenemos tantos leprosos con sus caras pálidas, viviendo con una total indiferencia. Muchos de ellos conviven con nosotros. Saben de nuestra doctrina. Escuchan la palabra de Dios, pero simplemente no lo aceptan. No quieren ser limpios de su condición. Ellos son los indiferentes espirituales que nos presenta esta sociedad. Sin embargo, el leproso de nuestra historia no era un insensato. Él sabía que allí estaba alguien que podía sanarlo. Sin embargo, cuántos leprosos espirituales quieren ir al cielo sin dejar su iniquidad, su inmundicia, su pecado.  Se dice que los leprosos tenían que vivir juntos y eran execrados de la sociedad,  y así vivían su más terrible dolor y condena, anhelando sanidad. Pero los leprosos espirituales que también les gusta vivir juntos,  en lugar de desear salir de su lepra espiritual, se gozan y se ríen de su estado. No fue así con este leproso. 
 
 
 

2. Es una fe que convence al enfermo primeramente

Los efectos de la lepra simplemente eran indescriptibles. Los médicos describen a esos  enfermos como perdiendo el pelo del cabello y de las cejas. Sus uñas se aflojaban, se pudrían y se les caían. Lo mismo pasaba con los dedos. Los nudillos de los dedos y los de los pies se les secaban, y se les desprendían de una forma lenta, pero muy penosa. Las encías tendían a contraerse, y con el tiempo iban perdiendo los dientes. Otras partes del cuerpo, tales como: la nariz, los ojos, la lengua y el paladar se les  consumía de una manera lenta, hasta deformar el rostro. Se dice que la muerte de un leproso era horrible y prolongada. Pero el leproso de nuestra historia se convenció a sí mismo que, a pesar de lo que ya se había determinado sobre esa incurable enfermedad, Jesús podía hacer la diferencia. La verdad de esta historia es que si el hombre que sabe que su pecado es una lepra moral que destruye su alma y viniera a Cristo, convenciéndose a sí mismo que él puede sanarlo, acudiría rogándole e hincándose, diciendo: “Si quieres, puedes limpiarme”, y Jesús lo haría. Cuando el hombre se convence de su lepra moral Jesús está listo para sanarlo. No somos dados a convencernos de nuestra condición. Este es el primer obstáculo para la sanidad. 

 

3. Es una fe que se enfoca sólo en Jesús para ser sanado

Note que este hombre viene a Jesús. Nadie lo apartó de ese objetivo. No les rogó a los discípulos como aquel padre que trajo a su hijo endemoniado para que ellos lo librasen. Utilizó el pronombre personal de Jesús de una forma muy precisa. Para ese momento, aquel hombre no tenía la más mínima intención de confiar para nada en la medicina. De hecho, ninguna de ella podía curar su  apestosa enfermedad. No le importó el saber que podía ser rechazado por lo que la ley establecía sobre su condición de enfermo. Él simplemente vino a Cristo, con sus ojos puestos solo en él, y le dijo: “Si quieres (tú), puedes (tú) sanarme”. Vea que este hombre tampoco tenía la intención de confiar en sí mismo. ¿Qué cosa buena había en él para confiar en sí mismo? Por otra parte, ¿quién podía en su mundo sanarlo? Simplemente no había otra esperanza que la que tiene por delante. Lo cierto es que este hombre antes de ser sanado, puso toda su confianza en aquel de quien había oído y de quien ya se decía tantas cosas. Esta es la confianza que debe tener el pecador cuando viene a Cristo. Porque el Salvador divino tiene poder para limpiarlo de todo pecado. La fe tiene que aferrarse solo en Cristo para ser sanado. 

 

4. Es una fe que espera una cura total

La historia de este hombre nos habla de una cura total. Él sabía que no podía ir a un sacerdote para que lo declarara limpio porque ninguno de ellos podía hacer tal cosa si primero no llegara limpio. Lo único que ellos hacían era confirmar la limpieza, no limpiar ellos mismos la lepra. Si algo quería este hombre es que su piel se volviera como la de un niño. Que la piel sana que una vez tuvo, volviera a ese lugar. Necesitamos saber que Jesús es suficiente para convertir a un pecador en un santo. Note que Jesús no va a darle algo al leproso para que se sienta bien, pero que siga con su lepra. En la vida espiritual se espera que haya un cambio, un cambio total para que la mano del Señor pueda obrar en todo nuestro ser. Hay pecadores que se conforman con una cura parcial. Pareciera que no quieren dejar totalmente su lepra. Pero el asunto es que jamás habrá justificación sin que haya una santificación. Jamás habrá sanidad de la lepra del pecado si no hay una entrega total. Se dice que el hombre que anhela vencer al pecado ya  le ha dado un golpe certero a sus intensiones. El poder del pecado es quebrantado cuando el hombre pone en Jesús toda su confianza. Con el dominio del pecado no podemos aspirar sino a una cura total.

 

5. Es una fe que enfrenta cualquier vacilación

¿Pero puede pensarse que en este hombre debido a su petición tuvo una vacilación cuando dijo: “si quieres, puedes limpiarme?”. Es cierto que hay casos donde la duda para ser sanado, y con ello limpiado de una condición como esta, plantea una vacilación a lo mejor no porque el Señor no pueda hacerlo, sino por la fe misma con la que se acerca el penitente delante de él. Si es cierto que este fue el primer caso de sanar a un leproso, esta vacilación sería justificada. Pero tenemos que reconocer que esto  no sería una duda explicita, sino más bien la búsqueda de confirmar la verdad de la que su fe ya se había apoderado. ¿Cuál era? Que Jesús podía sanarlo. Lo que en todo caso vemos acá es una apelación a la misericordia y al libre ejercicio de la voluntad del Señor sobre la petición hecha. Él no le exigió a Jesús que lo sanara como lo hizo el ladrón de la cruz. Note que fue rogando y de rodilla. Esa era una actitud humilde, la que se requiere para llegar a Cristo. El Señor no está obligado a sanarnos. Todo lo que él hace es por pura gracia. 

6. Es una fe que espera una acción completa

Con la respuesta que da Jesús a este infeliz penitente bien podemos ver cómo la miseria del hombre puede mover la misericordia divina. El estado y la actitud de este hombre conmovieron las entrañas del Salvador. ¿Cómo negar la gracia y la misericordia a alguien como este hombre? La miseria del hombre plantea un estado donde hay una ausencia de autosuficiencia, de merecer algún favor por mis propias obras. Jesús es conmovido cuando el individuo revela su infeliz estado, y postrado en su presencia, quebrantado de corazón, le ruega que sea sanado. Jesús vio aquel hombre no  como lo vio ni la sociedad ni los religiosos. Para ellos él era un execrado. Para Jesús él era una persona todavía. Él era digno de su misericordia. Mientras los demás veían en él a alguien que estaría viviendo las consecuencias de sus propias faltas, o algún castigo divino, para Jesús aquel hombre podía ser devuelto a la sociedad y a su familia. Esta es la verdad de esta historia. La misericordia de Jesús puede devolver el propósito a la vida. Jesús es movido en misericordia cuando contempla la miseria humana. 


7. Es una fe que no se mueve sin obtener la recompensa

“Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó…” v. 41. En estas palabras encontramos el corazón mismo del evangelio. Jesús vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. La ley prohibía a un judío el contacto con los cadáveres y leprosos por la contaminación. Pero Jesús no temió el contagio. No se hace esperar una petición que toca de esa manera el corazón del Maestro. “Quiero, se limpio”, esa es la feliz respuesta para los que buscan de corazón la sanidad. El caso de este leproso es digno de considerar. Su nombre había sido borrado de la congregación. Tenía que andar publicando su desgracia para que los demás no se contaminaran, pero ahora es un hombre sano. La horrible lepra que había deformado su cuerpo, del  que despedía un olor nauseabundo, ya no existe. Su piel ha vuelto a ser normal. No hay señales de aquel horrible azote. Ahora su rostro está lleno de alegría.  Ahora puede saltar, correr, gritar. Pero ahora no grita: ¡Inmundo! ¡Inmundo! Sino que grita: ¡Soy limpio! ¡Soy limpio! Jesús restauró aquel pobre, deteriorado, putrefacto cuerpo de este hombre, y lo limpió inmediatamente. Aquel hombre fue restaurado a la familia, a la sociedad y al templo. Ya no era un hombre inmundo sino un hombre limpio. Eso es lo que hace Cristo cuando viene al corazón. Así actúa la fe que finalmente salva y sana. Nadie que venga a él regresará como vivía antes.

 

CONCLUSIÓN: A este hombre Jesús le ordenó: “No digas a nadie nada”. Pero, ¿cómo podía aquel hombre mantener silencio después de haber sido limpiado? ¿Cómo ocultar lo inocultable? ¿Cómo no publicar acerca del poder divino para ser sanado? Nunca se ha había visto algo parecido. ¿Quién podía detener a ese hombre para que testificara su nuevo estado? ¿Cómo dejar de hablar de la misericordia que se ha extendido sobre la miseria? ¿Cómo prohibírsele a un sanado de lepra que no hable bien de quien lo ha tocado? El hombre que permanecía oculto era el leproso, ahora es un hombre público. Pero “Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos, y venían a él de todas partes”. El único hombre que no se ha podido ocultar de la gente es Jesús, porque sólo él tiene “palabras de vida eterna”. Hay que venir a Jesús para ser sanado. Él jamás rechazará a aquellos que vienen a él como llegó este leproso. ¿Cuál es tu condición hoy día? ¿Qué tipo de “lepra” atormenta tu existencia? Ven a Cristo. Deja que él toque tu vida hoy. Escucha su voz interna, diciendo: “Quiero, se limpio”.

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