Tempestad

“ Quién es éste,a quien aún el viento y el mar le obedecen ?.”

El día ya llegaba a su fin. Y Jesús, estaba cansado. A solicitud suya, los discípulos alejaron la barca de la orilla para bogar hacia el otro extremo del lago. Conocían bien cómo navegar. Eran pescadores.

Ya en la travesía, entrada la noche, las aguas comenzaron a agitarse. Un fuerte viento soplaba desde los lejanos riscos y levantaba un oleaje que violentaba la embarcación. La tempestad amenazaba con hundirlos.

El pasaje bíblico muestra al grupo de discípulos en desesperación al ver que las olas caían sobre ellos y que Jesús (el Hijo de Dios, el Señor), dormía en la parte posterior del barco.

Esfuerzos y experiencia no bastaban para controlar la situación. El naufragio parecía inminente.

Fue entonces cuando acudieron al Maestro y le dijeron: “¿ No te importa que nos estamos hundiendo ?”.

Si pudiéramos viajar al pasado y estar esa noche, en ese bote, a merced del embravecido mar, es posible que hubiéramos reaccionado como los discípulos… Es posible que el temor y la desesperación se hubieran apoderado de nosotros y es posible también que no hubiéramos comprendido la serenidad de Jesús frente a la furia de los elementos.

Ahora bien, hecho el esfuerzo de imaginarnos a bordo de esa frágil barca que por momentos se hundía en la oscuridad de las aguas, tratemos de aplicar el relato a nuestra propia experiencia de vida y contexto.

En efecto, a nosotros, discípulos de Jesucristo, también nos asaltan tiempos difíciles en los que pareciera que nuestra vida estuviera a punto de sucumbir ante el tempestuoso “mar de Galilea”. Pérdidas, decepciones, fracasos, conflictos, dolores y sombras se nos vienen encima, como si la adversidad misma las hubiera convocado.

Quizás podríamos aguantar uno o dos de estos embates pero, a veces, tienden a presentarse todos juntos y, mientras nos sacude esa interminable tempestad, tal pareciera como si a nuestro Señor… no le importara.

Puede ser que tratemos de evitar el naufragio con un activismo desesperado, intentando asumir el control de los eventos… Pero, ante la turbulencia del viento y las olas, poco podremos hacer. Simplemente, estamos en una suerte de alerta roja pues, “nos estamos hundiendo !”.

Y. a todas éstas, cual los discípulos en el pequeño barco, tal pareciera que hemos olvidado Quién es nuestro compañero de viaje… Ese que, aparentemente, duerme a destiempo y ajeno a la adversidad que nos aflige, cuando lo que acontece, en realidad, es que la adversidad ha superado nuestra fe…

Por eso la pregunta: “Maestro, no te importa que nos estamos hundiendo ?”.

Desde tal consideración, resulta comprensible que nos pueda embargar una desagradable sensación de orfandad. Si equivocados pensamos que el Señor Jesús duerme indiferente a nuestras crisis, nos encontraremos solos y hasta seremos víctimas de las circunstancias. La gran verdad es que “Nunca duerme el que cuida de Israel !”. (Salmo 121: 4).

Múltiples crisis sacudieron la vida de fe de los apóstoles, aún mientras el Señor estaba con ellos… En los evangelios encontramos relatos al respecto. No lo fue menos con las congregaciones del primer siglo ni con la iglesia post-apostólica. Las tempestades siempre han tratado de hacer naufragar a los hijos de Dios y a La Iglesia… De ello nos da cuenta la historia.

 

El apóstol Pedro consideró conveniente advertir a la cristiandad sobre el asunto y escribió en su primera carta universal: “Sean prudentes y manténgase despiertos porque su enemigo, el diablo, como un león rugiente, anda buscando a quien devorar. Resístanle firmes en la fe, sabiendo que en todas partes del mundo, sus hermanos están sufriendo las mismas cosas”.

La tempestad que nos ocupa es pues la expresión de la lucha entre el orden de Dios y el caos de Satanás… El Señor Jesús aconsejó al grupo apostólico: “Manténganse despiertos y oren, para que no caigan en tentación. Ustedes tienen buena voluntad, pero su cuerpo es débil”… Estas palabras mantienen su vigencia, más aún cuando sabemos que “somos de Dios y que el mundo entero está bajo el poder del maligno.”

 

Las epístolas que encontramos en el Nuevo Testamento, escritas por Pablo, Santiago, Pedro, Judas y Juan, si bien es cierto que fueron orientadas a poner el fundamento sobre el cual se levantaría la Iglesia del Señor, también es evidente que se dedicaron a asistir tempestades grandes y pequeñas que amenazaban la vida de fe en las nacientes congregaciones que iban surgiendo con la predicación del evangelio del Reino.

Ahora bien, este conflicto de aguas tenebrosas y vientos rebeldes viene tejido, desde el comienzo mismo de la historia del pueblo de Dios… Situaciones de tragedia y sufrimiento sacudieron y derribaron a grandes hombres de Dios en el Israel del Antiguo Testamento. Patriarcas, jueces, reyes y profetas experimentaron pruebas y caídas… de las cuales habrían de salir, a su tiempo, victoriosos !. Nombres y anécdotas abundan en las páginas de la Escritura…

En amarga expresión del gran patriarca Job, después de padecer lo indecible, leemos su profundo lamento: “ El terror cayó sobre mi; mi dignidad huyó como el viento; mi prosperidad, como una nube. Ya no tengo ganas de vivir; la aflicción se ha apoderado de mi. ”… Pero luego de un profundo debate interior y de una densa reflexión vivencial y teológica, le veremos finalmente cubierto una vez más por la bendición del Señor, alcanzando larga vida en salud, rodeado de su familia y con mayor prosperidad que la que antes había tenido !.

Al revisar la historia del gran profeta Elías, habrá un momento en el cual le encontraremos errante, con miedo y sin fuerzas, perseguido por Jesabel, decepcionado de su pueblo, anímicamente exhausto, caminando por el desierto, en soledad, deseando la muerte y diciéndole a Dios: “Basta ya Señor !… quítame la vida, pues yo no soy mejor que mis padres !…”. (1ª. Reyes 19: 4). En tal condición, el relato bíblico nos narra que Dios mismo envió un ángel para que le confortara y restaurara de tal manera que pudiera luego reiniciar su camino y culminar su misión hasta ser, como nadie en la historia, llevado al cielo en un torbellino !.

Pasando unas páginas en el tiempo bíblico, veamos la turbulenta vida del gran rey David, destrozado varias veces por el dolor que le causaran: la violencia de Saúl, el grave pecado contra Urías, la muerte de su hijo Absalón y las contínuas batallas contra los filisteos… Crisis una tras otra, no pocas… En sus propias palabras resume su drama: “Mis días son como sombra que se va, y me he secado como la hierba.” (Salmo 102: 11). Pero siempre, siempre, en los momentos más difíciles, le veremos levantando sus ojos a las alturas de donde David sabía que vendría “su socorro” (Salmo 121: 1). Así escribió sus inspirados “salmos” y así pudo, en más de una vez, declarar públicamente: “Me encontré en trampas mortales !. En mi angustia llamé al Señor, pedí ayuda a mi Dios, y El me escuchó desde Su templo… mis gritos llegaron a sus oídos !.”
 

Aquella noche en el tempestuoso lago, Jesús apeló a Su deidad y a Su soberanía sobre la creación, calmando al viento y a las aguas con el solo poder de Su Palabra !. Cual si hubiera sido un canto profético, el salmista había escrito siglos antes: “El convirtió en brisa la tempestad y las olas se calmaron”. (Salmo 107:29).

Una vez retornada la paz, el Maestro preguntó a los discípulos: “Qué pasó con su fe ?”… Si, “Qué pasó con su fe ?”. La pregunta de Jesús relacionaba el temor que se había apoderado de los suyos, con un problema de falla de fe en sus corazones…

Al comienzo de su ministerio público, el Señor había advertido: “Dichoso aquél que no pierde su confianza en Mi !”

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Y la confianza… la confianza puede quebrarse cuando cae el velamen y el quintante no orienta, cuando se pierde el horizonte y la noche nos tiende una celada, cuando la tempestad llega hasta el alma y amenaza precisamente la llama de nuestra frágil fe…

Fe en El, como el Hijo de Dios. Fe en El como Aquél por quien los ciegos recuperaban la vista, los cojos caminaban libremente, los leprosos quedaban limpios, los sordos oían de nuevo, los muertos volvían a la vida y a los pobres se les anunciaba el mensaje de salvación !.

Fe en Su poder y, por supuesto, fe en la fidelidad de Su amor…

En carta enviada a los hermanos que se congregaban y sufrían en la capital del imperio romano, el apóstol Pablo se refería al tema de la siguiente manera: “Quién nos podrá separar del amor de Cristo ?. ¿El sufrimiento, o las dificultades, o la persecución, o el hambre, o la falta de ropa, o el peligro, o la muerte ?…”

Tempestades habrán… El mismo Señor Jesús así nos lo anunció, y lo hizo, para que cuando sucediera, no perdiéramos nuestra fe en El…: “En el mundo ustedes habrán de sufrir, pero tengan valor, Yo he vencido al mundo !”.

Por éso el Señor nos llama “dichosos”… porque El ha prometido estar con nosotros “todos los días hasta el fin de los tiempos “, porque nos ha asegurado que nadie podrá arrebatarnos de Su mano y porque El ya ha vencido al mundo !.

Así pues, seremos dichosos, si descansamos nuestros temores y nuestra ansiedad sobre El, en lugar de paralizarnos y hundirnos en la depresión o agitarnos en una infructuosa autonomía..

No importa cuán embravecido esté el mar ni cuán profundas sean las aguas… las tinieblas pueden caer sobre nuestro horizonte y la sensación del “naufragio” puede pasar por nuestra mente. Sean cuales fueren las circunstancias, repitamos con el apóstol su confesión de fe: “… aunque llenos de problemas, no estamos sin salida; tenemos preocupaciones, pero no nos desesperamos. Nos persiguen, pero no estamos abandonados; nos derriban, pero no nos destruyen.”

Recordemos siempre que nuestro Señor conoce y entiende nuestras necesidades, pues El mismo estuvo ya una vez sometido a las limitaciones de nuestra finitud y, más aún, tengamos siempre presente que El tiene el poder para calmar cualquier tempestad y llevarnos luego a “puerto seguro”. El lo hizo en el pasado con Su pueblo y con Su Iglesia… El ya lo ha hecho a nuestro favor… y El lo seguirá haciendo. Así lo prometió.

Qué tal acariciar la posibilidad de que nuestro Señor y Salvador, en su divina naturaleza y providencia, tenga Su tiempo y Su manera de actuar, a veces desconcertante y, con frecuencia, diferente a la nuestra ?. El se encuentra a la diestra del Padre Celestial intercediendo, día y noche, por nosotros… Quien tiene la delicadeza de cuidar de los pajaritos del bosque, de cierto cuidará con esmero de cada uno de nosotros !.

Nos toca navegar y las tormentas están anunciadas. Que no nos tomen por sorpresa, “como si algo extraordinario nos estuviera sucediendo”… Pero, no las enfrentemos en soledad pues, Quien se ocupa de nosotros, es nada menos que el Hijo del Dios viviente, el Señor de señores, el vencedor del Hades… Aquél a quien “aún el viento y el mar le obedecen !”.
 


Nota: Este estudio es brindado por entrecristianos.com y su autor para la edificación del Cuerpo de Cristo. Siéntase a entera libertad de utilizar lo que crea que pueda edificar a otros con el debido reconocimiento al origen y el autor.

 

 

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