La pretensión de la soberbia (Siete pecados capitales)

La soberbia

Al abordar esta serie de los siete pecados capitales  la soberbia ocupará nuestra primera consideración. Se define como soberbio “el amor desordenado de sí mismo”. Para Tomás de Aquino la soberbia era “un apetito desordenado de la propia excelencia”. El soberbio no es bien visto, ni siquiera por Dios, porque: “Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). La soberbia le quita el brillo a un corazón bondadoso.

Por otra parte, la soberbia es la madre de donde se alimentan otras faltas. Ella tiene su más legítima expresión en la arrogancia, la que llega a ser la raíz de todos los males. Se sostiene que esto fue lo que dio origen a la rebelión celestial y más adelante a la caída de la raza humana. Entre sus “hijas” favoritas está la vanagloria, que no es sino aquella complacencia egoísta por lo que se tiene o se es frente a los demás. Otra de sus “hijas” es la Jactancia.

Ella es la tendencia de los que se esfuerzan en enaltecerse a sí mismos para que se vea su superioridad y sus buenos actos. La altanería aparece como otra de sus “hijas” y se manifiesta en la forma altiva hacia el trato con el prójimo. Este mal, que tiende a apabullar a los demás a la hora da hablar, se pone de manifiesto en el orgullo, la terquedad, y en el tono displicente con el que se dirige hacia los demás. En estas “hijas” no podría faltar la ambición.

Debe decirse, en honor a la verdad misma, que la ambición es “el mal capital” de nuestra sociedad. Tiene mucho que ver con ese deseo desordenado de encumbrarse en honores y dignidades a través de alguna posición viendo más los beneficios que pueden ser cosechados, incluyendo la fama y los reconocimientos.

La soberbia se antepone a todo

De todo esto podemos concluir que la persona soberbia trata de sobreponerse a los demás. En su delirio personal se siente creída; y superior en brillantez, poder y honores. Tenemos en Alejandro el Grande, el legendario rey de macedonia, aquel que conquistó todos los imperios de su tiempo, un axiomático ejemplo de la soberbia. En la ocasión cuando asistió a los juegos olímpicos de Grecia, alguien le preguntó si tomaría parte en tales juegos, y su arrogante respuesta fue: “Tomaría parte si supiera que allí tendría a reyes como rivales”. Pero la soberbia tiene su lado opuesto en la virtud de la humildad.

La persona humilde reconoce su propia inferioridad (sin que esto menoscabe su personalidad) y actúa de conformidad con ese conocimiento. Sobre todo, una persona humilde reconoce la total dependencia que uno tiene de Dios y su disposición siempre de servirle.

Sin embargo, una persona soberbia ha sacado a Dios de su vida, porque no lo necesita. Él se considera suficiente en sí mismo y hasta se mofa de los que ponen en Dios su esperanza. En él se cumple lo que dijo el salmista: “El malo, por la altivez de su rostro no busca a Dios. NO hay Dios en ninguno de sus pensamientos” (Salmo 10:4) De Jesús aprendemos que era “manso y humilde de corazón”.Él es el modelo para enfrentar este primer pecado capital.

 


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