Del escritorio de Julio Ruíz

La insaciabilidad de la lujuria (Siete pecados capitales)

lujuriaEl tercero de los Pecados Capitales es conocido como la lujuria. Tradicionalmente se refiere aquel apetito desordenado de los placeres sensuales que nunca pareciera estar satisfecho, pues mientras más alto llega en sus “goces”, más explora y busca nuevas experiencias.

Entre sus sinónimos se encuentran: la sordidez, la liviandad, la concupiscencia, la sensualidad y la lascivia. En este desenfreno de la carne convergen otras expresiones del mismo mal, vista en los más degradantes pecados cometidos contra el cuerpo, tales como: la fornicación, el adulterio, el homosexualismo, la sodomía, la bestialidad y todo aquello que conlleva a esa gratificación de los deseos sexuales, fuera de los dejados por Dios.

Willian Shakespeare, la gran figura literaria de todos los tiempos, escribiendo en uno de sus sonetos, dijo: “La lujuria en acción es uno de los abandonos del alma en el desierto de vergüenza; la lujuria, hasta que es satisfecha, es perjura, asesina, sanguinaria, vergonzosa, salvaje, grosera, cruel e indigna de confianza”.

Semejante definición pone al desnudo uno de los pecados más notorios, a través de los cuales se evidencia la más perversa manifestación de la naturaleza caída del ser humano. La lujuria es como un espejismo donde se divisa un oasis de apetitosos placeres, pero que una vez consumidos, corrompen la personalidad.

Cierto es que la lujuria podrá traer satisfacciones momentáneas, pero creará dolores perdurables. La Biblia, el libro sagrado de la revelación divina, nos dice que la lujuria es uno de los males que no sólo afean el carácter, sino que contamina todo el ser humano (Marcos 7:22-23) La lujuria es el pecado más visible de esta decadente sociedad.

Concepto de amor

El concepto que se tenga del verdadero amor será un claro reflejo de la manera cómo trataremos a nuestros semejantes. La lujuria no actuará de otra manera, sino a través de los ojos de la codicia, de la lascivia, y bajo un intenso deseo por consumar sus apetitos, sin que haya la más mínima consideración y respeto por el objeto buscado. El verdadero amor define el propósito de la sexualidad, tan distorsionado por la lujuria.

Entre los conceptos griegos respecto al amor, el “amor ágape”, no ocupaba un lugar tan preponderante como “eros” o “fileo”, porque requería de una entrega sin buscar gratificación. Era el amor que se ofrendaba a sí mismo sin buscar ninguna recompensa. De modo que el amor a Dios, al prójimo y a sí mismo, comenzó a dominar los deseos de la carne por un deseo espiritual más intenso. Así tenemos, que la casi sinonimia entre el amor y el placer de lo sensual, visto este en todas las tendencias de perversión sexual, nos ha venido mostrando que es un “matrimonio” incompatible.

La lujuria es egoista

Esto es dicho porque la lujuria actúa sobre los demás como una complacencia egoísta, que se pone a un lado una vez satisfecho el deseo, sin que haya un sentimiento recíproco. De modo, pues, que el pecado de la lujuria no considera lo que usa para su satisfacción como una “persona”, valiosa en si misma, sino instrumentos para cumplir sus más bajas pasiones.

 Según Daniel Schaeffer en su libro Dancing With A Shadow [Baile con una sombra], los esquimales concibieron una manera de matar lobos. Sobre el hielo, y con el mango hacia abajo completamente tapado, ponían un afilado cuchillo. Luego colocaban trozos de carne fresca sobre el mismo y la dejaban congelar.

Los lobos olían la sangre a una gran distancia y se acercaban para devorarla. Al lamer la carne congelada iban entrando poco a poco en un frenesí. Al poco tiempo se cortaban la lengua con el afilado cuchillo y comenzaban a saciar su hambre con su propia sangre. Lamían y lamían hasta que morían desangrados.

La verdad de esta salvaje práctica nos enseña que cuando no reconocemos el peligro de pecados, como la lujuria, y nos permitimos fascinarnos con él, estamos corriendo sobre el filo de la autodestrucción. Dios no creo al hombre para que fuera un esclavo de sus apetitos carnales. El hombre posee de Dios su “imagen y semejanza”.

El pecado ha pervertido ese rasgo divino y sólo el arrepentimiento logrará recuperarlo. No en vano dicen las Escrituras: “Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios” (Mateo 5:8)


 

Más estudios de la serie de los siete pecados capitales:

 

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Julio Ruiz

Venezolano. Licenciado en Teología. Fue tres veces presidente de la Convención Bautista en Venezuela y fue profesor del Seminario Teológico Bautista de Venezuela. Ha pastoreado diversas iglesias en Venezuela, Canadá y Estados Unidos.
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