Ser agradecido

Estar agradecido

Se ha dicho que la gratitud es el mejor antídoto contra el desaliento. Una leyenda cuenta que un hombre encontró un almacén donde Satanás guardaba las semillas que tiene listas para sembrar en los corazones humanos, y al encontrar que la semilla del desánimo abundaba más que las otras, se enteró que dicha semilla podía crecer casi en cualquier parte. Cuando le preguntaron a Satanás, admitió de mala gana que había un lugar donde no podía hacer crecer. – ¿Dónde es? – le preguntaron. A lo que Satanás respondió con tristeza -En el corazón de una persona agradecida. (503 Ilustraciones, Casa Bautista de Publicaciones, pág. 108). Siempre me ha llamado la atención que la gran mayoría de los mandamientos del Nuevo Testamento están escritos en forma de imperativos, de modo que no es extraño que se nos diga: “Haced todo sin murmuración… amaos los unos a los otros… huid de la fornicación…sed santos porque yo soy santo… portaos varonilmente o sed llenos del Espíritu”, por mencionar algunos. Pero entre esos imperativos, el de “sed agradecido”, podría ser el de más fácil cumplimiento, y, sin embargo, es el que más olvidamos. Mi conclusión cuando pienso en este imperativo bíblico es que cuando soy agradecido, no retengo nada como si lo que vivo y lo que poseo es exclusivamente mío, sino que más bien reconozco que otros han contribuido para mi propio bienestar. La gratitud me libra del pecado del egoísmo, del orgullo y de la arrogancia. Las personas autosuficientes piensan que no le deben favores ni siquiera a Dios, y, por lo tanto, no están impelidos para ser agradecidos. Sin embargo, el hijo de Dios tiene sobradas razones para estar agradecidos. El presente texto de Colosenses 3:15-17 nos revela enormes razones para que seamos agradecidos. Veámoslas.

Estoy agradecido por la paz de Dios

La paz que pone fin a la guerra interna

Toda persona antes de llegar a conocer al Señor vive una guerra porque son muchos los enemigos que atacan su vida. Uno es con el pecado que lo esclaviza y que lo mantiene haciendo los deseos de la carne, que es la manera como el pecado se consume en todas sus manifestaciones. Pero sin duda que la batalla más grande es la que tiene con Satanás, porque la Biblia afirma que él ejerce un dominio sobre todos aquellos a los que tiene ciegos para que no les resplandezca la luz de Cristo (2 Cor.4:4). De esta manera, lo primero que hace el Señor al llegar a nuestros corazones es ponerle fin a esa guerra al darnos la paz de Dios. Estamos hablando no de la paz que ofrecen los sepulcros o el de la ausencia de guerra, que sería lo que hombre ofrece. Mas bien estamos hablando de la auténtica paz que puede el hombre experimentar. Jesús dijo que esa paz no es como el mundo la da. La paz que el mundo la da es la que se obtiene por la guerra, bajo el dominio del uno por el otro. Cuando esa paz se alcanza todos tienen que estar preparados para una próxima guerra. Pero la paz de Dios es aquella que trajo el Señor al endemoniado de Gadara, quien después de estar desnudo y corriendo, ahora está sentado, vestido y en su juicio cabal.

La paz que gobierna el corazón

Con mucha razón se ha dicho que una cosa es la paz con Dios y otra es la paz de Dios. En la primera parte es saber que hubo un tiempo que éramos enemigos de Dios, pero que a través de la muerte de Cristo fuimos reconciliados con Dios. La otra parte tiene que ver con esta declaración: “La paz de Dios”. ¿Cuál es la diferencia? Bueno que muchos han alcanzado la paz con Dios, pero no siempre tienen la paz de Dios en sus vidas como una experiencia continua. Es el hecho que usted sabe que ha sido salvo, que sus pecados han sido perdonados, pero vive con angustia, con estrés, con ansiedad. Note que el texto habla del lugar de trabajo y lo que hace la paz: gobernar el corazón. El corazón es la parte de nuestras vidas a la que muchas cosas quieren ser los dueños. De hecho, si no es la paz de Dios que nos gobierna, el corazón tiene otros dueños. Me gusta lo que dice Filipenses 4:7 cuando habla de la paz como un soldado que guarda un tesoro; que lo custodia y que lo protege. Mis hermanos, nadie más podrá darle sosiego y tranquilidad al corazón que muchas veces queda desamparado como lo hará la paz de Dios. Asegúrese de tener la paz de Dios.

La paz que se entiende al cuerpo

El apóstol Pablo había descubierto algunos focos de división en una de las iglesias a la que tanto elogia como era la iglesia a los filipenses. Por alguna razón había dicho a ellos que se comportaran como era digno del evangelio (1:27). Que no hicieran nada por contienda o por vanagloria (2:3). Que hicieran todas las cosas sin murmuración y contiendas (2:14), y también les recomendó las hermanas Evodia y Síntique que fueran de un mismo sentir en el Señor (4:2). El asunto es que Pablo percibía alguna división insipiente en la iglesia y por eso les advierte en la carta. El hecho que él enfatice ahora la paz de Dios gobernando en sus corazones es para que se manifieste en el cuerpo de Cristo. La paz de Dios es tan necesaria para las relaciones interpersonales. No siempre en las iglesias gobierna el espíritu de paz. Cuando Pablo les habló a los hermanos de Éfeso les exhortó a ser solícitos en guardar la unidad del Espíritu, y para ello invocó la importancia del trabajo de la paz. Este acto de preservar la unidad por medio de la paz en el cuerpo de Cristo es un poderoso motivo para ser agradecido. Que prevalezca siempre la paz en el cuerpo.

Estoy agradecido por la Palabra de Cristo

Por ser en abundancia

Esta es la primera vez que aparece en la Biblia esta declaración de “la palabra de Cristo”. Por toda la Biblia se nos habla de la palabra de Dios. De modo, pues, que al Pablo mencionarla acá, de una forma solitaria, tiene un profundo significado. Es la palabra de Cristo, no la del pastor, sus ancianos o demás líderes. No es la palabra de un buen libro o de un moderno consejero para que vivamos bien. Es la palabra de Cristo, aquella que encontramos en la historia de los evangelios. Es la palabra que Cristo habló, aquella que sus propios enemigos reconocieron que jamás hombre alguno había hablado así. El asunto es que, si esa palabra está en nosotros, el llamado es para que more en abundancia en nuestros corazones. Se ha dicho que al hombre hay que llenarlo de algo, de allí que lo que haya en su corazón de eso hablará su boca. Ya Jesús lo había expresado, pues del corazón sale o lo bueno o lo malo (Mt. 15:18-19). Nada le hace más bien a la vida del creyente que sea un hombre o una mujer de abundante palabra. Esa palabra hace sabio al sencillo (Sal. 19:7-14).

 

Por lo que hace en nuestras vidas

Por un lado, la palabra de Cristo tiene la misión de enseñarnos. Ella nos enseña acerca de Dios, su origen, su obra y su amor. Nos enseña de todo lo que hizo el pecado y como arrastró a la humanidad hasta el día de hoy. Pero, sobre todo, nos enseña del plan de salvación a través de Cristo, profetizado en ella hasta el día de su aparición y su segunda venida. Que no solo sea una palabra que lo llene de conocimiento, sino que ella misma le permita vivir sabiamente. Y en esto de vivir sabiamente, la palabra nos exhorta cada vez que la leemos o la oímos. Debemos estar agradecidos porque la palabra nos reprende en nuestro andar cotidiano. Nos revela nuestra condición espiritual para ir de un proceso continuo de madurez. Y el resultado de su enseñanza y su exhortación, así como su abundancia en nosotros, es que ella pone en nuestros corazones una alabanza que la expresamos a través de nuestros labios con salmos, himnos y cánticos espirituales. Oh, mis amados, la palabra de Dios cuando está en nuestros corazones nos llena como lo hace el Espíritu Santo. Observe el mismo efecto que produce (Ef. 5:18, 19).

 

Estoy agradecido por el Nombre del Señor Jesús

El glorioso nombre de Cristo

Pablo no puso por casualidad en este texto el “nombre de Cristo”. Cuando busco las razones para estar agradecido a Dios, el nombre de Cristo se constituye en el centro de lo que soy y de lo que hago. La Biblia dice que ese nombre es glorioso porque desde la antigüedad los profetas hablaron de ese nombre que significa el Mesías prometido. Por más de cuatrocientos años se esperó la llegada de aquel Mesías y al final vino, no como otros lo esperaban, pero vino como un bebé. Vino como Emanuel, eso es, Dios con nosotros. Vino del cielo dejando su trono de gloria y se humilló así mismo al hacerse hombre. Las profecías se cumplieron todas cuando él llegó. A ese nombre de Cristo se le agregó el de Jesús para hacer realidad que él salvaría a su pueblo del pecado. Por cierto, no dice que el Mesías vendría para salvar a Israel de lo romanos, sino de sus pecados. Y es que no hay peor dominio que el del pecado y Jesús vino para ponernos en libertad de esta esclavitud. Pero lo grande de este nombre fue, que después de que Cristo murió, Dios le dio un nuevo nombre para que en su nombre se doble toda rodilla. Nada supera su nombre ahora.

Hacer todo pensando en su nombre

No se de donde vino la idea de dividir al hombre en una vida secular y una vida sagrada. Este concepto ha creado una dicotomía en el creyente, pues el piensa que una cosa es el domingo y otra cosa muy distinta es el lunes en su trabajo. Que mientras estoy en la comunión de los santos me envuelvo en una aureola de santidad vista en mis palabras o en mis actos, pero cuando llego a mi vida “secular” en la semana mi comportamiento es otro. Note lo que dice el texto. “Todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho…”. No hay, pues, una separación entre mi trabajo, estudios y mi vida sagrada. En todo caso, todo es sagrado. Esto plantea que el reto de saber que las palabras que digo deben ser para la gloria de Dios, y que todo lo hago también debe ser como para el Señor y no para los hombres. Alguien ha dicho que el creyente debe ver al mundo, más que un lugar dominado por el pecado y Satanás, como un gran templo donde a través de sus actos sigue dándole gloria a su Dios. Cuantas veces decimos que lo que hacemos es para la gloria de Dios, pero que nuestros actos niegan la verdad de lo que decimos.

Dando gracias a Dios Padre por medio de Él

Este es el énfasis final de Pablo. El canal de la acción de gracias es por medio de Cristo. Por medio del nombre del Señor Jesús yo vengo y me presento delante del Padre. Toda acción de gracias tiene que ir dirigida hacia el Dios Padre ¿por qué? Porque es Dios la fuente de toda bendición para nuestras vidas. Cuando la Biblia nos dice que todo lo hizo hermoso en su tiempo (Ecl. 3:11), fue pensando en nosotros. Él hizo todas las cosas de tal manera que podamos vivir adecuadamente. No le puso menos aire a la atmósfera para que nos muriéramos por falta de oxígeno. Pero tampoco le puso demasiado aire para que nos muriéramos por exceso de eso. No puso el sol tan lejos para que la tierra se congelara, pero tampoco lo puso tan cerca para que nos achicharráramos. Y el medio por el cual Dios hizo todo fue Cristo, porque él fue la palabra creadora, y además porque de él, por él y para él son todas las cosas (Ro. 11:36). Sí, mis amados, es por medio del nombre del Señor que nos acercamos al Padre bueno en profunda gratitud.

Estar agardecido

 Por lo tanto, le agradezco a Dios por la paz que ahora tengo porque siendo enemigo fui reconciliado con Dios; porque en otro tiempo viví vacío de Dios, ahora la palabra de Dios mora en abundancia en mi corazón. Pero, sobre todo, porque en otro tiempo viví para el mundo y sus placeres, ahora todo lo que hago “sea de hecho o de palabra”, lo hago para glorificar el nombre del Señor Jesús dando gracias al Padre. Todas estas razones me llevan aceptar la invitación del salmista, quien, al reconocer a Dios en todo su poder y señorío, nos deja este imperativo también: “Entrad por sus puertas con acción de gracias, Por sus atrios con alabanza; Alabadle, bendecid su nombre. Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, Y su verdad por todas las generaciones” (Sal. 100:5)

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